Diario de la pandemia (lunes, 14 de febrero de 2022)

El viernes de la semana pasada le comentaba a un amigo que vive en México, que hacía ya un tiempito que no oíamos de nuevos contagios entre nuestros conocidos y ni siquiera entre los conocidos de nuestros conocidos. ¡Para qué habré abierto la boca! El fin de semana nos enteramos de que al menos cinco de los compañeros de mi hija mayor resultaron positivos en el test casero que tenían que hacerse. La moraleja es que el virus sigue dando vuelta y que, tarde o temprano, nos infectaremos los cuatro en casa.

Sin embargo, a esta altura del partido el hecho de contagiarse del coronavirus se ha vuelto algo casi rutinario. No es que ya sea comparable con contagiarse de un resfrío o una gripe, pero lo cierto es que no nos quita el sueño saber tal o cual amigo o pariente se ha infectado, sobre todo si tiene las vacunas correspondientes y es joven o, al menos, si no peina muchas canas.

De todos modos, la sensación generalizada de distensión con la que comencé esta nota no es gratuita, porque las cifras que día a día publica el Gobierno muestran una leve pero continua tendencia a la baja. Por ejemplo, ayer el número de contagios se situó en los 10.000. Claro que ayer fue domingo y, como es sabido, los números son siempre más bajos los fines de semana. Pero aun suponiendo que hoy o mañana dupliquemos ese número, siempre vamos a estar muy por debajo del techo que tuvimos en diciembre.

Alguien bien puede aclarar que si el virus está volviéndose endémico, entonces los resultados de los test diarios no reflejan la realidad; es dable pensar que cada día hay miles y miles de nuevos contagios que no se declaran porque incluso ni se testean.

Como sea: lo cierto es que el número de pacientes con respiración artificial en terapia intensiva va bajando. Ayer la cifra descendió a 499, un monto sin duda importante para un país como Grecia, pero ¡¿hacía cuánto que esa cifra no bajaba la barrera de los 500?! De seguir las cosas así, calculo que para el inicio de la primavera los hospitales van a pasar del anaranjado-rojo en que están todavía al anaranjado-amarillo.

Claro que el número de muertes diarias sigue siendo alto, casi diría alarmante (ayer domingo tuvimos 75 defunciones por covid, pero los días pasados el número rozó o superó la centena). Ahora bien, este punto me lleva inevitablemente a tocar ese otro de la vacunación, porque los que mueren terminan siendo, en su gran mayoría, personas que no se habían vacunado o que no se habían vacunado con las tres dosis.

A la fecha, en Grecia solo el 71 % de la población recibió las dos dosis que antes decíamos que correspondían a la “pauta completa”. Más escalofriante es constatar que solo el 48 % de la gente tiene la vacuna de refuerzo. ¡Y eso a pesar de toda la evidencia científica! ¡E incluso a pesar de que quien después de medio año no se pone el refuerzo pierde el estatus de inmunizado y, con ello, la posibilidad de disfrutar de una vida más o menos normal!

Eso me lleva, a su vez, al tema de los controles: ¿se controla en los restaurantes, cines y comercios? Lo cierto es que sí, aunque seguramente no con toda la acribia que sería deseable. Doy un ejemplo. El fin de semana fuimos mi gente y yo con unos conocidos a una taberna de categoría “familiar” en la región de Ftiótide, a unos doscientos quilómetros al norte de Atenas. La señora que nos recibió nos pidió amablemente el certificado de vacunación a todos, grandes y pequeños, no bien nos sentamos a la mesa. Hasta ahí, todo bien. Pero cuando le preguntamos si quería ver también nuestros documentos de identidad, hizo el típico gesto de “bah, no, no hace falta”, y siguió con otras cosas.

En las zonas montañosas de Grecia siguen la nieve y el mal tiempo. Foto del parque situado a las afueras de Páuliani, un pueblito en la región de Ftiótide.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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