Diario de la pandemia (7 de febrero de 2022)

Si debiera describir sucintamente la sensación generalizada en Grecia, diría: La pandemia no pasó, pero dejó de estar entre los temas candentes del día. Efectivamente, las tapas de los diarios les dan prioridad a otras noticias, la gente conversa preferentemente sobre otros temas, las preocupaciones de chicos y grandes vuelven a ser las que tenían antes del coronavirus…

Ayer charlaba, por ejemplo, con un contador que asesora a algunos comercios grandes de Atenas y me decía que este año los empresarios esperan un nuevo boom del turismo. Hay un leve optimismo en los mercados griegos (y eso que el encarecimiento de la energía, la inflación a nivel mundial y la pulseada en las fronteras ucranianas nos pone a todos los nervios de punta).

De algún modo, es como si hubiésemos hecho las paces con esta situación en la que prevalece la variante ómicron. Sabemos que el virus no se va a ir del planeta, es más, todo hace pensar que se volverá endémico como tantos otros virus que ya conocemos, y bueno, frente a ese escenario no queda otra que aceptar lo que nos toca vivir, darle para adelante y protegernos de la mejor manera posible, sin caer en un exceso de celo: para eso están las vacunas con sus respectivos refuerzos, las mascarillas, etc.

Frente a esa perspectiva, yo lo único que tendría para agregar es que aún no sabemos cuánto margen tiene el virus para evolucionar y dar lugar a una variante desconocida, contagiosa como ómicron pero tan o más patogénica que delta. Con buena parte de las sociedades más pobres del orbe aún hoy escasamente inmunizadas, es demasiado temprano para cantar gloria.

Anoche necesitábamos en casa un par de cosas para la heladera y pegué un salto a uno de los supermercaditos del barrio que están abiertos los domingos hasta tarde. A la vuelta, pasé por enfrente de la farmacia, que justo estaba de turno, y me sorprendió ver la fila de gente que esperaba en la calle para hacerse el rapid test. Uno se olvida por un par de horas, me dije para mis adentros, pero el bicho sigue abriéndose paso.

Últimamente, el Gobierno ha levantado algunas de las medidas adicionales que había tomado a inicios del invierno, cuando el número de casos se multiplicaba de una manera inaudita. Por ejemplo, ahora los restaurantes y las tabernas pueden volver a poner música (se había prohibido la música en vivo y la música de fondo para que la gente no cantara ni se viera obligada a hablar más fuerte, propiciando así la difusión del virus).

Hay otras medidas que se cumplen a medias; por ejemplo, el uso de la mascarilla. En principio, es obligatorio ponerse la mascarilla cada vez que uno sale de su casa, pero en la calle hay muchísima gente que va si protección y nadie hace cumplir la norma.

En lo que respecta al certificado de vacunación, los negocios grandes o de cierto prestigio siguen exigiendo su exhibición junto con el documento de identidad del portador. El sábado a la mañana me fui a tomar un café en uno de los bares del barrio y a pesar de que me senté en la parte de afuera, lo primero que hizo el mozo fue controlar me certificado. (Demás está decir que en los negocios chicos ya nadie exige nada para entrar y permanecer allí.)

Los guarismos epidemiológicos confirman esta sensación un poco ambigua que estoy tratando de describirles. El número de contagios diarios sigue siendo alto: con casi 11.000 nuevos infectados ayer domingo no se puede decir que las cosas vayan bien. Y doy por descontado que la cifra de contagios no declarados es mucho más elevada.

De todos modos, y acá parece estar el quid de la cuestión, sigue siendo cierto eso de que la abundancia de contagios no se traduce en casos de covid, sobre todo, en casos de enfermedad con síntomas preocupantes que requieran la internación. De hecho, en número de intubados en terapia intensiva sigue oscilando en alrededor de los 550, una cifra sin duda alta, pero que le deja al sistema nacional de salud un margen de maniobra no despreciable.

Lo que está fuera de discusión es que el número de muertos por día sigue siendo muy alto. Ayer, por ejemplo, fallecieron 95 personas y los últimos días hemos venido teniendo números parecidos.

Aclaro que, de los que se mueren, una tajada importante está formada por individuos que no se habían vacunado o que no tenían la pauta completa. De todos modos, no son pocos los que fallecen a pesar de tener las dos dosis iniciales más la de refuerzo, pero en casi todos de estos últimos casos se debe a personas con factores que los volvían vulnerables: comorbilidad, edad por sobre los 70 años, etc.

Los últimos días fueron un anuncio de la primavera. El calor llevó a que muchos bolsones de procesionarias (κάμπιες, como las llaman aquí) se abrieran, tal como se ve en la foto de abajo.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Fotografía, Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s