Diario de la pandemia (lunes, 31 de enero de 2022)

Como exclamó una conocida mía: “¡Esta semana con la nieve nos olvidamos del coronavirus!”. En efecto, la nevada histórica que cayó sobre buena parte del territorio griego, incluidas Atenas y la región, desplazó el foco de nuestra atención y de la atención mediática a las cosas buenas y malas que trajo aparejadas el fenómeno meteorológico.

El grueso de la nevada cayó el lunes pasado y desde entonces la ciudad y el país quedaron prácticamente paralizados por cinco días.

El año pasado, a mediados de febrero, también había caído una nevada impresionante. Voy a recordar por años la fecha: 16 de febrero de 2021, porque ese día, aparte de ir a jugar al parque con las chicas y de fotografiar el barrio que como nunca antes se había cubierto de un manto blanco, me puse la primera dosis de la vacuna contra el covid. Entonces había pocas vacunas y eran solo para los mayores de 80, pero como con el temporal esa franja etaria apenas podía moverse, me llamaron del hospital para que no se echaran a perder las vacunas que ya estaban listas.

Sin embargo, la nevada del invierno pasado no fue tan cuantiosa como la de este. Además, entonces siguieron un par de días de temperaturas moderadas, con lo que la nieve se derritió pronto, mientras que esta vez continuó haciendo frío hasta anteayer, con lo que la nieve tardó en irse. De hecho, aún hoy, a exactamente una semana del acontecimiento, sigue habiendo bancos de nieve incluso en las avenidas centrales de Atenas.

El Gobierno estará haciendo las sumas y las restar para determinar cuáles fueron exactamente los costos (económicos y sociales) de la nevada. En el listado que estarán barajando seguramente se encuentran aspectos como los siguientes: escuelas cerradas por, al menos, toda una semana; calles bloqueadas debido al hielo y a las ramas, los árboles, los cables y los postes tumbados por el peso de la nieve; dos días de asueto nacional (martes y miércoles) porque era literalmente imposible desplazarse de un lado a otro; rutas cortadas y autos y camiones varados en el medio de las rutas por horas e incluso días (se imaginan la fiesta que se hicieron los periodistas con la rabia de los conductores), hogares sin electricidad por varios días, etc.

Cada vez que ocurre un fenómeno meteorológico fuera de lo común como este, es natural preguntarse cuándo fue la última vez que pasó algo así. En mis ya más de doce años de residencia en Atenas, yo nunca había visto algo semejante. Ya dije que el año pasado tuvimos una nevada copiosa, pero no tan desastrosa como esta. Incluso los mayores confiesan no recordar algo igual. Pero sabemos que nuestra memoria colectiva es poco fiable; ya los meteorólogos confirmarán o descartarán nuestras conjeturas.

Lo único que tengo para agregar a la espera de los datos científicos es que este último semestre vivencié dos extremos, el verano más caluroso de que se tenga noticia (confirmado) y un invierno extremadamente frío, que aunque no haya sido el más helado de la historia griega, fue el más intenso de, al menos, la última década. ¿Casualidad? ¿O acaso una nueva muestra del cambio climático en ciernes?

Ayer domingo volvió la normalidad, sobre todo gracias al día soleado. En el fondo, el monte Pentélico aún nevado y la zona norte de Atenas

Bueno, paso ahora a la pandemia. Como se imaginarán, no hay mucho para contar, y no porque en el ínterin no haya habido malas noticias, sino porque –¿cómo decirlo?– se nos ha hecho callo el órgano receptor de las “pálidas” del covid. Ayer domingo, para que se den una idea, hubo casi veinte mil nuevos contagios. Y creo que ahora, con la contagiosidad de la ómicron, se escaparán de las redes del testeo oficial por día miles y miles de casos más.

Por otra parte, ayer volvimos a tener unos cien muertos por el virus. Y digo volvimos, porque venimos teniendo una seguidilla de esa cifra de muertes diarias.

La única noticia alentadora es que ha bajado un poco la cantidad de pacientes intubados en terapia intensiva. Durante las semanas pasadas estuvimos en los seiscientos y pico, ahora estamos rondando los quinientos y pico. Sin duda que se trata de cifras altas, pero del rojo vivo pasamos a un anaranjado oscuro, para ponerlo de algún modo gráfico.

La conclusión que uno puede extraer de estos datos es que el virus sigue entre nosotros. Es más, parece nomás que se está volviendo endémico, con lo cual de ahora en adelante lo vamos a tener por años o siglos como compañero de la evolución humana. De no surgir una nueva variante más mortífera, el virus irá contagiando una y otra vez a gran parte de la población, causando en algunos individuos síntomas leves y en otros graves, cuando no letales. Como titulaban una nota aparecida hace poco en The Lancet dos especialistas: “Omicron severity: milder but not mild”, ómicron es más suave que, por ejemplo, delta, pero no suave (a secas).

Bibliografía

Joshua Nealon y Benjamin J. Cowling, “Omicron severity: milder but not mild”, The Lancet, 19 de enero de 2022

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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