Diario de la pandemia (23 de noviembre de 2021)

La situación de Europa está en boca de todos. Mientras que en otros continentes el coronavirus parece estar dándoles un respiro a sus habitantes, acá el bicho se ensaña (dejamos que se ensañe) nuevamente con el Viejo Mundo. Los casos han subido exponencialmente en toda la Europa central, en los Balcanes y en Gran Bretaña, y ello se ha traducido en cifras altísimas de hospitalizaciones, lo que pone a los respectivos sistemas sanitarios en un apriete.

La conclusión, como se sabe, es que algunos países se vieron obligados a reintroducir restricciones importantes (llámese cuarentena, lockdown o como fuere) y a considerar seriamente la obligatoriedad de la vacunación para toda la población (el caso de Austria es el primero en introducir esa obligación, aunque probablemente no será el único).

Grecia, con un porcentaje insuficiente de vacunados, no podía ser la excepción a la regla europea. A pesar del sistema de incentivos y de amenazas establecido ya desde el verano, hay un grupo de la población que se resiste al pinchazo, con lo cual el país ha quedado bien por debajo del 70 %. Y este déficit redunda en números pavorosos.

Para dar una idea: ayer volvió a subir el número de muertos y a traspasar la barrera de las cien defunciones diarias, algo que no sucedía desde las peores jornadas del invierno anterior. (El peor día en absoluto desde el inicio de la pandemia fue el 28 de noviembre de 2020, con el récor de 121 muertos, pero si seguimos así en cualquier momento vamos a batir una nueva marca.)

Además, el número de pacientes intubados se ubicó por encima de los seiscientos, con lo cual el nivel de ocupación de las camas más sofisticadas de las unidades de terapia intensiva supera el 75 % a nivel nacional: anaranjado tirando a rojo.

Dentro de este cuadro, la única noticia más o menos positiva (no sabría de qué otra manera calificarla) es que el número de contagios diarios se ha estabilizado en la última semana o, si se quiere, en las últimas dos semanas. Ojo, sigue alto (alto para Grecia, en todo caso): unos 8.000 casos al día, pero al menos no se llegó a los diez mil que se preveían.

Mientras tanto, el Gobierno tomó nuevas medidas para contener la situación. Desde ayer lunes los no vacunados solo pueden entrar en los supermercados, las panaderías, las farmacias y en un par de lugares más para comprar lo imprescindible (los famosos bienes de primera necesidad), pero ya no pueden ir a los restantes negocios, ni a los cines, ni a los museos, ni a los gimnasios, etc.

Debo decir que, al menos en Atenas, la medida se cumple. Hay empleados en la puerta de los negocios que controlan el certificado de vacunación de los adultos y, en el caso de los niños, la declaración jurada que afirma que al menor se le ha hecho un test recientemente y el resultado fue negativo. Un ejemplo: fui a comprar con mi hija mayor un regalo y antes de entrar al negocio la empleada escaneó el código QR de mi certificado y contrastó el nombre que le aparecía en su aplicación con el de mi documento, además de examinar el certificado impreso de mi acompañante.

Otras de las medidas que se tomaron incluyen la vuelta decidida al teletrabajo (en caso de que no sea indispensable que el empleado público o privado esté presente en el lugar de trabajo) y la ampliación de los horarios de atención al público de las oficinas y los negocios de todo tipo, con el fin de evitar la concentración de personas en las “horas críticas”.

En una entrevista reciente el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, dijo que acá no se va a seguir el modelo austríaco. Yo no estoy tan seguro de cuáles son sus verdaderas intenciones, pero creo que el gobierno no va a “tirarse a la pileta” hasta que no vea pasar antes a varios otros países europeos. Implementar una nueva cuarentena para todos y obligar los no vacunados a arremangarse tendría un costo político que, por el momento, pocos quieren asumirlo.

A mí la situación por la que está pasando Grecia y casi toda Europa me deja un sabor amargo en la boca. ¿Por qué? Porque yo, que tanto defiendo la democracia y las libertades individuales, siento como una bofetada la renuencia de millones de personas a ponerse la vacuna. Si viviéramos en una dictadura, y no quiero poner casos históricos, como la última dictadura argentina o como la última griega, sino como la dictadura china de nuestros días, Europa habría dejado atrás la pandemia. ¡Qué triste es constatar que la gente haga un mal uso de su libertad! Claro que lo que digo no es un argumento a favor de ningún sistema dictatorial. Con todos sus defectos, nuestras democracias son preferibles a las dictaduras. Es, simplemente, la desagradable constatación de que la democracia no va necesariamente de la mano del progreso.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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