Diario de la pandemia (19 de mayo)

Les confieso que cada vez que me propongo escribir esta entrada semanal sobre la pandemia en Grecia, y que, por lo tanto, comienzo haciendo un recorrido mental por los últimos días, tengo sensaciones diferentes, según los casos: unas veces me parece que la situación, como si fuese una tortilla, se dio vuelta de un día para otro; otras veces, en cambio, tengo la sensación contraria: nihil sub sole novum, no hay nada nuevo bajo el sol; en otras, finalmente, siento que lo único digno de nota es la profundización de un tendencia que ya había delineado la semana anterior…

Bueno, hoy escribo sintiendo justamente esto último, esto es, que en los días que han transcurrido desde el post pasado siguieron tan solo afianzándose las corrientes que ya señalaba entonces. ¿Qué significa esto? Significa que, por un lado, si uno habla con la gente y, sobre todo, ve lo que hace, tiene la impresión de que lo peor de la pandemia ya pasó, y pasó para siempre (no hasta el próximo otoño). A esta manera de pensar contribuyen las sucesivas reaperturas y el levantamiento progresivo de muchas de las medidas establecidas por el protocolo sanitario.

Es claro que una vuelta rotunda a la normalidad que conocíamos antes de la pandemia no es posible, al menos este año. Por ejemplo, todavía no han reabierto todas aquellas actividades no esenciales que se desarrollan en espacios cerrados: las salas de cine, los restaurantes que no cuentan con mesas afuera, las escuelas de baile, etc. Sin ir más lejos, en el instituto de cultura en que trabajo seguimos dando clases por Zoom, porque todavía no tenemos permiso para retomar la modalidad presencial en las instalaciones.

Por otro lado, creo que por todo 2021 vamos a seguir realizando todos esos actos que casi no cuestan nada y tienen un gran beneficio, como ponernos una mascarilla cada vez que salimos de casa.

Pero, además de esta tendencia social a la reapertura y la vuelta a la normalidad, hay otra tendencia algo divergente y que ha seguido su propia marcha, tal como lo señalaba asimismo los días pasados. Me refiero a la tendencia que marcan los epidemiólogos. Es cierto que aquí también podemos ver una evolución favorable, pero muy lenta. Para que se hagan una idea concreta: ayer el número de contagios rondó los 3000 y los muertos fueron más de 60. En resumidas cuentas: las curvan descienden, pero más trabajosamente de lo que esperaríamos.

Sotiris Tsiodras, que es el epidemiólogo de referencia del actual gobierno, una especie de Anthony Fauci griego, los otros días apareció en la televisión alertando a la población: la pandemia no solamente no se fue, sino que sigue bien instalada en la sociedad. Además, el relajamiento excesivo que se ha visto en los últimos días (fiestas clandestinas, bares que no siguen el protocolo y están atestados de gente, etc.) puede llevar a un rebrote indeseable. Por último, no hay que subestimar el riesgo de las nuevas variantes; la mutación que ha prevalecido en la India, la B.1.617, podría ya estar expandiéndose por Europa.

Pasando ahora a la vacunación, acá la cosa me hace acordar a eso del vaso medio lleno o medio vacío, dependiendo de cómo se lo mire. Si mal no recuerdo, hasta ayer ya había 4.300.000 personas vacunadas con al menos una dosis. No es moco de pavo para un país como Grecia. Además, el gobierno inició una campaña de vacunación especial, denominada “Libertad Celeste” (“Γαλάζια Ελευθερία”), consistente en naves que van de isla en isla para vacunar in situ a toda la población adulta insular que así lo desee. De este modo, hay islas pequeñas que, de golpe, han quedado totalmente inmunizadas. (En esta campaña se usa preferentemente la vacuna de Johnson, que consiste solamente en una dosis. Aparte, esta vacuna no requiere las temperaturas bajísimas que necesitan por ejemplo las de Pfizer y Moderna.)

No obstante, si uno se pone en el punto de vista del pesimista, no hay tantas razones para alegrarse. Por un lado, la inmunidad del rebaño sigue siendo una meta lejana: esos cuatro millones y pico de vacunados representan tan solo una tercera parte de la población griega y si uno considera el sector que se ha vacunado con las dos dosis, los que aquí llaman οι πλήρως εμβολιασμένοι, el porcentaje baja drásticamente a tan solo el 20 % de la gente. Moraleja: hay aún mucho camino por andar.

Una última observación, esta vez ligada al peso económico de la pandemia. Ayer salí a dar una larga vuelta por el barrio y para mi sorpresa constaté que casi todos los negocios han vuelto a abrir sus puertas. Ahora bien, han reabierto, claro, pero ¿en qué condiciones? No sé y seguramente no hay una vara para medir a todos por igual. Me imagino que no pocos han podido acogerse a algunos de los planes de apoyo financiero del gobierno; ¿cómo se explica, si no, que tantos locales estén completamente remodelados? Otros tal vez no se acogieron a esos planes o solo han recibido una ayuda modesta, una suerte de salvavidas para no ahogarse en las aguas de los peores meses… Y, sí, también vi locales cerrados, probablemente para siempre. No sé, tal vez esos negocios ya venían mal antes de la crisis y la pandemia fue el golpe de gracia. Pero, si les soy sincero, yo a principios de la pandemia, allá por abril y mayo de 2020, temí un terremoto económico fulminante, sobre todo, para el sector de las pymes. Me alegra constatar que fue (aparentemente) solo un sismo de baja intensidad.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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