De nuevo en cuarentena (14 de abril)

En la semana que ya ha pasado desde mi última entrega, la situación “esquizofrénica” que entonces se delineaba ha seguido profundizándose; de modo que seguimos batiendo récores de muertos e intubados, al tiempo que las medidas se van aflojando hasta volverse casi imperceptibles.

Doy algunos ejemplos para que se entienda lo que quiero decir: ayer volvimos a superar una nueva barrera, la barrera de los 800 intubados en toda Grecia. El agua le ha llegado al cuello al Sistema Nacional de Salud. Ya no hay magia que pueda seguir sacando camas de la galera. Y también ayer se contabilizaron más de 90 muertos en un día, algo inusitado por acá. Paralelamente, el fin de semana hubo un éxodo de gente hacia el mar, la montaña y las villas de fin de semana. Casi todo el mundo se mueve y actúa como si la pandemia hubiera pasado. ¿Se trata tal vez de un mecanismo psicológico, una suerte de negación de un aspecto de la realidad para así “seguir tirando”? Puede ser…

Claro que la mayoría de la gente sigue usando mascarilla cada vez que sale de la casa. También es cierto que dentro de los negocios (al menos, de los de mi barrio) se respeta una cierta proporción entre los metros cuadrados del local y el número de personas que pueden estar dentro simultáneamente. Pero muchas más precauciones que estas… no veo. Y controles, ni hablar. Si los meses pasados, en los que todos éramos más escrupulosos, casi no se veían uniformados, ahora uno no se topa con un control policial ni de casualidad.

En este contexto, quizá la noticia más alentadora es que el número de contagios no ha seguido escalando. Está alto, arriba de 4000 al día, pero no se ha duplicado, como se temía. Y eso no se dio ni siquiera después de la introducción de los self tests, destinados por el momento solo a los miles y miles jóvenes de los últimos cursos del secundario, a los familiares con los que viven y a los respectivos docentes.

Parece que una de las principales cartas que tiene el gobierno para jugar en las próximas semanas es justamente la de los self tests. La idea básicamente es que si todos los ciudadanos se controlan al menos dos veces por semana y si, acto seguido, se atienen a los resultados, entonces vamos a poder salir vencedores en esta lucha contra el coronavirus. La compra y la distribución de los kits corre a cargo del gobierno, un gasto nada despreciable, pero el beneficio que promete su empleo supera ampliamente los costos –eso, al menos, es lo que se calcula–.

El empleo regular y responsable de los self tests va a ser (esperemos) la llave para que todos los chicos vuelvan a la escuela, para que se reabra la circulación interregional para Pascua (la Pascua ortodoxa cae el primer fin de semana de mayo), para que se reactive el turismo, etc., etc.

Claro que la apuesta a los self tests no está exenta de riesgos. Por lo pronto, hay que crear el hábito de ir a la farmacia a retirar el paquetito correspondiente dos veces por semana. Luego, hay que aprender a realizarlo y bien, o sea, metiéndose estoicamente el hisopo en cada uno de los orificios de la nariz durante quince segundos con el objetivo de atrapar algo de la mucosidad posiblemente infectada con el virus. Y luego, last but not least, hay que ser consecuente: si dio positivo, hay que declararlo en el sitio web que puso a disposición el gobierno y hay que dirigirse al hospital a hacerse el clásico hisopado (test PCR), para estar seguros de que no fue un falso positivo. (Los falsos negativos, que probablemente superan con creces a los falsos positivos, son toda otra historia.)

Mientras tanto, la campaña de vacunación avanza, y avanza con los altibajos que generan las noticias sobre los posibles efectos colaterales adversos de las vacunas AstraZeneca y Johnson. Después de todo el revuelo que se ha armado, es lógico que muchos no quieran ponerse estas vacunas, por lo menos hasta que no se clarifique completamente la relación entre la administración de la vacuna, las predisposiciones del sujeto y la formación de los nefastos coágulos.

Un profesor de la universidad me comentaba los otros días que tenía una cita para ponerse la vacuna. Al final, no se presentó. “Tengo miedo”, me dijo. Y dos mujeres que conozco hablaron con sus médicos de cabecera y estos les desaconsejaron ponerse la vacuna de AstraZeneca, ya que ambas tienen problemas circulatorios.

En estos casos, las personas que rechazan la vacuna de AstraZeneca por contraindicación médica tienen que reinscribirse en la plataforma de vacunación y optar por un hospital en que se esté administrando la vacuna de Pfizer o de Moderna.

Con todo, el gobierno griego se enorgullece de ser el 5º país de la Unión Europea en número de vacunados por población total. Para los griegos, acostumbrados a ser el último orejón del tarro, es una noticia alentadora.

La llegada de la primavera es otra de las cartas para ganarle la partida al virus

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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