Idea para un cuento

En un cuadernito (procuro tener siempre conmigo lápiz y papel) había escrito:

Idea para un cuento. Un sabio entrado en años le vaticina a un joven prometedor que llegará lejos, que construirá un nuevo reino… y que, días antes de morir, verá como el trabajo de toda una vida se desmorona, en horas, frente a sus ojos, entonces cansados.

     Primera observación: está bien (en el sentido de “es un buen ejercicio”) el escribir una idea que se nos cruza por la mente. Pero la idea, como tal, no dice mucho. Una idea que no se vuelve cuento es como una semilla que no da fruto. Un simple tomate, si ha madurado bien, puede ser una delicia, nunca la semilla. El punto tal vez está en que uno nunca tiene solamente la idea para un relato, sino que, en ese mismo instante, “se hace la película”, como se dice.

Moraleja: no se trata de tener tan solo buenas ideas, sino de llevarlas a cabo.

Pero -segunda observación- ¿es una buena idea escribir un cuento en el que un viejo sabio, experimentado, le lee el futuro a un joven, una suerte de Alejandro Magno aún con pantalones cortos, con la diferencia de que, en vez de morir prematuramente a los treinta y tres años, lo hará diez, o veinte, o treinta años más tarde, cuando ya la decadencia se haya apoderado de sus logros?

Escenario 1: el joven es Jesús y muere en la ignorancia; no sabe que ha creado un reino en este mundo y que, dos mil años después, se mantiene aún firmemente en pie.

Escenario 2: el joven es, efectivamente, Alejandro Magno, que muere sabiendo que ha creado un gran imperio que, erróneamente, supone imperecedero.

Escenario 3: el del joven del cuento (mejor, el de la idea del cuento) en cuestión. ¿Morirá con un sabor agridulce en la boca? Al momento de dejar este mundo, ¿se destacarán más los goces que le procuraron sus aciertos pasados, o las amarguras de la erosión presente?

Además, si el joven no solo es voluntarioso, sino también prudente, sabrá de antemano que toda obra humana está destinada, tarde o temprano, al fracaso: “Vanitas vanitatum et omnia vanitas“. Entonces, ¿qué? Quien comprende que los palacios y los templos que ahora levanta en algún momento serán ruinas, ¿acaso desistirá del esfuerzo? ¿O actuará, aun siendo consciente del resultado final? ¿O para actuar deberá mentirse a sí mismo, mentirse vilmente con una fórmula del estilo: “Todos han fracasado, pero tú no. Tú eres único; contigo se romperá la maldición que pesa sobre la historia”?

Borges parece haber optado (si estas cosas son motivo de elección, ¡ay, voluntarismo!) por la alternativa 2:

La vieja mano / sigue trazando versos / para el olvido.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher, book author and professor based in Athens, Greece.
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