Por qué los promotores del bienestar de los discapacitados no deben temer la legalización de la eutanasia

Uno de los sectores que más férreamente se opone a la legalización de la eutanasia es el de quienes abogan por los derechos y, en general, por la promoción del bienestar de los discapacitados. Una vez un docente de un instituto de niños con diversas discapacidades me escribió una carta virulenta, llena de insultos y ataques gratuitos. Le respondí, en un tono conciliador, invitándolo a leer con más cuidado mis ideas. Yo creo que la oposición “defensores de la legalización de la eutanasia” versus “promotores del bienestar de los discapacitados” no se sostiene sobre una base firme. En esta entrada quiero mostrar por qué son dos cosas distintas.

En primer lugar, está la cuestión en torno a la calidad de vida. Yo soy partidario de lo que podríamos llamar la “concepción dual de la calidad de vida”. Me explico. Cuando uno quiere determinar la calidad de vida, empezando por la propia (por mi propia vida), entran factores que responden a una dimensión objetiva y a una dimensión subjetiva. Repito: dimensión objetiva más dimensión subjetiva, de allí lo de “dual”. Para mí es erróneo intentar determinar la calidad de vida (de mi vida o de cualquier otro), recurriendo exclusivamente, bien a factores de corte objetivos, bien a aquellos de corte subjetivos.

Por cierto, los factores objetivos son más fáciles de determinar y entre ellos se cuentan algunos elementos sobre los que todos estamos de acuerdo; así, una vida tendrá calidad si el individuo cuenta con salud, alimentación, instrucción, vivienda, trabajo, etc., etc. Ahora bien, luego viene la dimensión subjetiva, que de algún modo adiciona (o resta) valor a lo que objetivamente se posee. Por ejemplo, alguien puede tener la suerte de ser sano, contar con un trabajo bastante bien remuneradoe interesante, tener una casa, etc. y puede sentirse más o menos satisfecho con la vida que le toca vivir. Esa existencia tiene, según mi punto de vista, una innegable calidad de vida. Vayamos ahora a un caso extremo: al de alguien que, en principio, “lo tiene todo”, pero que se siente un desdichado (por padecer depresión, tedio o angustia vital, o lo que fuese). Claramente, en un caso así la calidad de vida es baja: podrá tratarse de un millonario que vive en la mejor ciudad del mundo, sano y joven, pero si no puede apreciar lo que objetivamente tiene, el resultado final es muy bajo. En el extremo contrario encontramos el caso de personas que no tienen casi nada, que para colmo sufren enfermedades crónicas, no cuentan con una familia y demás… y que, sin embargo, tienen una voluntad inquebrantable y se sienten agradecidos y felices por el simple hecho de vivir. Aquí, la fuerte carga positiva de la subjetividad compensa la falta de buenas condiciones objetivas.

La conclusión de todo esto es que nadie puede venir desde fuera y afirmar dogmáticamente, basándose solo en una determinación de los factores objetivos: esta vida tiene valor, aquella otra, no. Para decirlo concretamente: nadie puede decir, desde fuera, que la vida de una persona con una discapacidad medianamente seria o seria no tiene valor o tiene menos valor que la de una persona sin ninguna “necesidad especial”. Porque, insisto, una persona no vidente o sin manos puede llevar una existencia cualitativante mejor que la de una persona de esas que decimos “normales”, ya que la dimensión subjetiva puede compensar las carencias que objetivamente puedan verse.

No obstante, reitero que hablo de condiciones subjetivas y objetivas, porque creo que sería ingenuo negar que “no importan las carencias”, basta que la persona tenga una buena disposición de ánimo. ¡Claro que importan las carencias!; por eso debemos luchar contra la pobreza, el desempleo, la desnutrición y, en la medida de lo posible, debemos remediar las discapacidades.

Por favor, que no se me malinterprete: decir que una discapacidad es algo negativo no significa querer estigmatizar al discapacitado. Todo lo contrario: hablar sin pelos en la lengua y decir cómo son las cosas es el primer para poder buscar una sociedad más justa, que incluya a todos. De la misma manera, decir que la pobreza es algo negativo no es un modo de discriminar al pobre, sino el primer paso para justificar una política que promueva el bienestar económico de todos.

Concluyo esta primera parte diciendo que es tan descabellado querer negar la dimensión subjetiva o personal en la determinación de la calidad de vida de una persona, como querer pasar por algo la dimensión objetiva. Las dos cosas importan, aunque de un modo variable, según cada cual. Así, en última instancia, soy yo, solo yo, quien puede determinar si mi vida es cualitativamente buena o mala.

Voy al segundo punto. Personalmente, no soy un “defensor de la eutanasia”; en todo caso, son un “defensor de la legalización de la eutanasia” y, más precisamente, un “defensor de la legalización de la eutanasia voluntaria”. La eutanasia solo puede practicarse, sostengo, en un paciente terminal o gravemente enfermo y sin posibilidad de recuperación que, tras una deliberación seria, haya solicitado ayuda médica para morir. Jamás se puede practicar la eutanasia contra la voluntad de un paciente jurídicamente capaz o sin su consentimiento explícito.

Me entristece pensar que algunos promotores del bienestar de los discapacitados consideren que “les estoy remando en contra” y que supongan erróneamente que el defensor de la legalización de la eutanasia es alguien que quiere matar a las personas que, según criterios objetivos, no tienen calidad de vida. Espero haber sido claro y, si no lo fui, sinceramente invito al lector a señalarme qué cuestiones debería profundizar.

El tema, en todo caso, es otro, y creo que va por acá: en las sociedades desarrolladas y en los sectores más adinerados de las sociedades subdesarrolladas la medicina preventiva y diagnóstica se ha perfeccionado a tal punto, que hoy es posible saber con gran probabilidad si el embrión y, más tarde, el feto podrá desarrollarse “normalmente” o si muestran ya la disposición a algún tipo de malformación (física o mental). Dado que luego los futuros padres en la mayoría de los casos no quieren que continúe el embarazo “de ser así las cosas”, optan por el aborto. Eso llevará, si esta práctica continúa (y todo hace pensar que, para bien o para mal -no juzgo todavía-, continuará), a que en el futuro haya cada vez menos niños y adultos con discapacidades de nacimiento.

Es más, autores como Henry Greely (The end of sex) sostienen que pronto, en algunos decenios, los seres humanos (al menos en el mundo desarrollado) terminarán de desasociar “sexo” y “reproducción”. Así, cuando una pareja quiera tener un hijo, irá a una clínica en la que ya estarán depositados los óvulos y los espermatozoides de ambos, y el médico así fecundará varios óvulos hasta lograr una muestra. Tras un examen genético, el médico le ofrecerá a la pareja un informe y ellos podrán decidir cuál de esos óvulos implantar. (Se entiende que los demás óvulos se eliminarán, especialmente aquellos que, por su configuración genética, exhiben disposiciones no deseadas por los padres.) Los padres podrán elegir así el sexo, el color de ojos, ciertas cualidades mentales y físicas que consideran deseables, como altura, musculatura, inteligencia, etc.

De nuevo, no quiero evaluar ahora si esta es una evolución “positiva” de la medicina y de la sociedad. Me parece, en todo caso, que es muy probable que se dé algo así en la próxima generación. (Basta considerar cuánto han cambiado las cosas en los últimos treinta años… entonces ni se sabía el sexo del bebé hasta que nacía o si eran gemelos los que venían al mundo. Hoy es algo absolutamente rutinario el que se siga un embarazo con ecografías, un servicio que presta cualquier hospital público en nuestro medio.)

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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