Dos visiones del suicidio y la eutanasia voluntaria

Existen dos visiones opuestas del suicidio y la eutanasia voluntaria que quisiera distinguir. Según la primera concepción, suicidio y eutanasia son expresiones de la desintegración social y de la falta de cohesión de los miembros de la sociedad. El que se quita la vida o desea que alguien ponga fin a sus días, es un individuo desmembrado, alguien que no logra darle sentido a su existencia, que ha perdido la fe, que no tiene trabajo ni familia, que no se identifica con ningún grupo, que se siente solo y desarraigado en el mundo y que, por todo ello, cae víctima del miedo y la desesperación.

Por lo contrario, la persona que “ama la vida” y quiere seguir viviendo a pesar de las dificultades que lo asolan, es el individuo plenamente integrado, quien practica su religión, quien tiene familia y trabajo, quien se identifica con una comunidad y quien, en consecuencia, ve que su vida tiene sentido y se siente “acompañado” en el mundo, una parte preciosa del todo.

En otras palabras, el suicidio y la eutanasia serían efectos de la atomización y la disgregación social, mientras que la consecuencia de la integración social sería la afirmación de la vida. Nadie se mata porque le haya ocurrido algo indeseable en la vida, sino porque ha quedado escindido de la sociedad.

Esta visión se inspira vagamente en la obra de Émile Durkheim, El suicidio. Digo “vagamente”, porque creo la explicación que ofrece Durkheim no es exactamente la que aquí se presenta y porque su concepción ética de la muerte voluntaria era distinta.

Ahora paso a la segunda visión del suicidio y la eutanasia, en el extremo opuesto. Aquí el suicidio es manifestación de la autonomía del individuo, de su voluntad de poner fin a una existencia que se le ha vuelto indigna, no por encontrarse desintegrado de la sociedad, sino porque no se da una serie de condiciones que garantiza un mínimo de calidad de vida. La muerte voluntaria aparece aquí como una forma de honrar la vida: para vivir, hay que vivir bien; si no, mejor ponerle un punto final a nuestros días.

Aquí el suicida aparece, por extraño que parezca, como un individuo totalmente integrado, alguien que tiene trabajo y familia, que practica una religión, que se identifica con un grupo y que incluso se siente acompañado y respaldado por el círculo de sus allegados en su decisión de abandonar este mundo. Sin ser presa del temor ni de la desesperación, es más, mostrando fortaleza y valentía, opta por poner fin a sus días porque una circunstancia externa le impide seguir viviendo dignamente: una enfermedad, una catástrofe natural, una guerra.

Pero ¿se puede decir que una de estas imágenes es más acertada que la otra? Ciertamente, no. Cientos de miles de personas se suicidan cada año en todo el mundo y una cifra mucho mayor intenta quitarse la vida sin resultado. Ni la primera, ni la segunda concepción hacen justicia a tantos casos. Como sea, lo que me interesa señalar aquí es el hecho de que trabajamos con distintas imágenes del suicida o del paciente que solicita la eutanasia. Esas imágenes muchas veces son arbitrarias, pero permean nuestro debate público y el discurso literario y científico.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher, book author and professor based in Athens, Greece.
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