Objetivos de vida

Ortega y Gasset tiene razón cuando afirma que la vida humana tiene sentido mientras tienda a la consecución de un objetivo, no importa cuál sea. Quien no tiene una meta a la cual consagrar sus esfuerzos, no llevará una vida significativa. Vivir es, esencialmente, luchar por algo, por algo grande o modesto, no interesa, pero por algo al fin. Todo vivir que no sea un “vivir para algo”, un “desvivirse por algo”, termina siendo un mero sobrevivir, por más colmada de placeres que pueda estar esa “supervivencia sin rumbo”.

“La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. […] Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a que pongo ésta y que por lo mismo está fuera de ella, más allá” (La rebelión de las masas, 1937)

Ahora bien, ¿quién le fija al hombre los objetivos a alcanzar? ¿Cuáles son los problemas que hay que afrontar para que la propia vida, en ese “hacerle frente a las dificultades y los desafíos”, se vuelva plena? Aquí quisiera señalar dos aspectos.

En primer lugar, la vida del hombre ha sido desde los orígenes de la humanidad una lucha constante por afirmar y mantener la existencia. Entonces los hombres no debían fijarse objetivos “extravagantes”: la meta era clara y consistía en resolver los problemas que planteaban tanto la naturaleza como la convivencia con otros hombres y comunidades. En otras palabras, la vida del individuo ha estado históricamente dedicada a dejar atrás los escollos puestos por la naturaleza y la sociedad: las catástrofes, los períodos de  escasez de alimento, las guerras, la falta de cohesión grupal, etc. El hombre, en tales circunstancias, no se preguntaba cuál era el sentido de su vida: debía actuar y con urgencia, y esa entrega a la resolución de los problemas le otorgaba sentido a sus días. Su biografía se escribía a partir de la respuesta que podía darle a las cuestiones que le planteaba su entorno.

Por eso puede decirse que el meditar por el sentido de la vida es una suerte de “lujo” que se permiten los individuos de las sociedades civilizadas. Cuando se logra poner la naturaleza al servicio del hombre, cuando la convivencia entre los grupos humanos es relativamente pacífica y existe un alto grado de cohesión entre los miembros de la misma comunidad, en una palabra, cuando se alcanza un nivel importante de civilización, entonces surge la pregunta de “para qué vivimos”. Por extraño que parezca, el hombre se esfuerza por alcanzar la prosperidad y la paz, y luego, una vez que las obtiene, no sabe qué hacer de su vida. De allí que muchos románticos añoren la guerra y la destrucción: el tedio de la civilización los hace desear un nuevo comienzo.

Ortega y Gasset, sin embargo, indica otra salida a la “crisis existencial”. El hombre civilizado debe ser capaz de fijarse nuevos objetivos a los cuales entregar su vida, objetivos de una naturaleza distinta y superior a la anterior. Justamente allí podrá verse el nivel de madurez de una civilización: cuando sus miembros puedan establecerse, ellos mismos, metas de vida.

“En cambio, el hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone.” (ibídem)

(Aquí no me interesa discutir el “elitismo” de Ortega y Gasset. Recordemos que para este autor solo una minoría es capaz de fijarse por sí misma objetivos genuinos: el hombre común y corriente, la masa, al carecer de esa facultad, debería entonces aceptar las metas que establecen los hombres excelentes.)

El problema para Ortega y Gasset no es que vivamos en una sociedad egoísta, consumista o hedonista, como a menudo se oye decir a algunos “intelectuales” que exponen en los medios de comunicación sus “diagnósticos sociales”. El tema es, más bien, la incapacidad del hombre moderno de concebir y fijarse nuevas metas una vez que la abundancia y la paz han hecho que, en buena medida, queden en el pasado los desvelos de antaño.

Los objetivos personales, como “bajar de peso” o “aprender a hablar una lengua extranjera” son sin duda elogiables, pero no logran reemplazar la necesidad de contar con metas existenciales, individuales y colectivas.

En síntesis: para Ortega y Gasset, la vida humana es como la cuerda de un instrumento. Solo podrá sonar y sonar bien, mientras esté tensa. El dedicarse en cuerpo y alma a una causa que trascienda al individuo mismo es lo que le da la tensión necesaria a su existencia. Mientras que en el pasado los desafíos estaban planteados mayoritariamente por la naturaleza y la coexistencia de los grupos, hoy es el hombre mismo quien debe proponerse nuevos retos: políticos, intelectuales, artísticos, comunitarios.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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