La vida y el universo: más acá del sentido

 

¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿cuál es el sentido del universo? Todos caemos, alguna que otra vez, en la tentación de hacernos estas preguntas. Muchas personas suponen que la tarea del filósofo es, justamente, dar una respuesta o, mejor, dar la respuesta a tales cuestiones. Yo, en cambio, tiendo a pensar de otro modo; no es que esas preguntas no tengan respuesta, sino que, lisa y llanamente, son cuestiones sin sentido o, si se prefiere, que no son verdaderas cuestiones. Podemos preguntarnos cuál es el sentido de un texto que no entendemos del todo, por ejemplo, de una orden o de un poema, pero no de la vida o del universo. En otras palabras, es correcto preguntarse por el sentido de un texto, de un gesto o de una acción que no hemos entendido o no hemos entendido del todo. Alguien ha dicho o hecho algo frente a nosotros que no comprendemos y, entonces, preguntamos por el sentido o el significado de eso. Leemos un poema que no entendemos pero que, sospechamos, tiene un sentido oculto, y entonces preguntamos por su significación. Preguntar por el sentido de la vida o del universo es creer que son una especie de “texto” que no entendemos del todo pero que, sospechamos, tiene un significado. El filósofo, entonces, sería el encargado de descubrir, de descifrar y, por último, de revelarnos de qué se trata la vida y el universo. Lo que sostengo es que no hay ningún sentido oculto y misterioso tras la vida o el universo. Es, simplemente, un error creer que hay algo “allí”, escondido y que, de encontrarlo, nos daría la clave para, finalmente, saber para qué estamos en este mundo.

Toda acción humana, sea lingüística o extralingüística, tiene un sentido. Si no damos inmediatamente con él, entonces es legítimo preguntarnos por el sentido, buscarlo. Pero, y valga la redundancia, no tiene sentido, por ejemplo, preguntarse por el sentido de lo que “hace” el viento cuando sopla. El viento no es un ser con intencionalidad y, por tanto, no actúa. Lo que causa el viento no tiene un sentido. Creer que la vida o el universo tienen un sentido es suponer que son obras de un ser intencional. ¡Y eso sí que es un supuesto descabellado! La clave, me parece, está en aprender a escuchar el silbido del viento sin pensar que nos transmite un mensaje dicho en una lengua que (aún) no entendemos y en aprender a tomar la vida y el universo tal como se nos presentan, sin pensar que son representaciones que no (aún) entendemos de un ser inescrutable. La vida no es un enigma sin respuesta; directamente, no es un enigma. En todo caso, la mejor contribución que puede hacer el filósofo es enseñar a aceptar la vida tal cual es, tal cual se nos presenta, así, en la “brutalidad” de su inmediatez.

El crédulo es quien cree que la vida tiene sentido y que él sabe cuál es; el desesperado es quien cree que la vida tiene un sentido pero que no puede dar con él – y esa es su tragedia; el descreído es quien afirma que la vida no tiene un sentido pero que debería tenerlo y que, por ello, la existencia es un absurdo. Los tres se equivocan.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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