Vargas Llosa, El héroe discreto

Acabo de leer la última novela de Vargas Llosa, El héroe discreto. No es mi intención hacer un análisis de la obra; solamente quisiera señalar algunos puntos que podrían ser partes de una conversación informal sobre el libro.

Tengo la sensación de que esta es una de las novelas más “flojas” del autor. Pero no quiero sonar taxativo. Reconozco que, tal vez, mi juicio es algo sesgado. He leído ya bastante de Vargas Llosa y cuando uno lee mucho de un autor se vuelve más crítico con él, más exigente… ¿o será que las cosas buenas de Vargas Llosa ya me impresionan menos, por el sólo hecho de haberlo frecuentado lo suficiente? (¿Si hubiese sido ésta la primera novela que leía del autor, me habría causado una mejor impresión?) De todos modos, creo que hay un par de aspectos de la novela que, objetivamente, dejan mucho que desear.

Pero empiezo por lo bueno. ¿Qué cosas pueden elogiarse de El héroe discreto? Sin duda, muchas. Este libro es un hijo más de Vargas Llosa, y se nota. Sabe entretener, sabe cautivar – no siempre, hay capítulos algo pesados, pero, bueno, atrapa. Vargas Llosa “tiene muñeca” para escribir: sabe crear o recrear personajes, sabe pintar paisajes, sabe armar escenas, sabe tejer la trama y sabe intercalar reflexiones sobre la vida y la historia en medio de la acción. Y el estilo, como siempre en él, es impecable: ágil, elegante, pulido, fresco.

A diferencia de algunas de sus novelas anteriores (El sueño del celta, El Paraíso en la otra esquina), esta no es una novela histórica, sino una obra de ficción de cabo a rabo. Hay erotismo, hay sexo (no podía ser de menos), pero sobre todo hay suspenso.

Vargas Llosa tiene una manera de escribir que contagia, que trasmite fuerza, vitalidad. Uno cierra la novela y parece seguir moviéndose en los ambientes que él creo, entre sus personajes y sus avatares.

Otro aspecto positivo de esta obra, como así también de otros trabajos de Vargas Llosa, es que no hay una historia, sino dos o más historias que, capítulo tras capítulo, se van alternando, se van entrecruzando hasta que se tocan y se imbrican al final del libro. El escritor sabe cómo no caer en la monotonía.

Paso ahora a las cosas que menos me gustaron de la novela. La primera es la historia en sí o, mejor, las historias, las dos historias principales. Tengo la sensación de que el libro empieza bien, el autor prepara bien el terreno y presenta dos historias que prometen ser interesantes. Pero, luego, es como si las historias perdieran complejidad, como si se desinflaran, como si se volvieran casi grotescas. Por ejemplo, la historia de Felícito, el empresario de transportes. Al comienzo, parece que nos espera un “historión”, la de una persona insobornable que tiene que enfrentarse nada menos que con la mafia en el Perú de nuestros días… pero, luego, termina siendo una historia simple, boba, casi de serie televisiva de las diez de la noche, la historia de un empresario extorsionado secretamente por…por su hijo y su amante para sacarle algo de dinero. Uno termina el libro y se queda pensando, ¿esa era, al fin y al cabo, la historia del empresario y las cartas que recibía? ¿así que no estaba la mafia detrás de todo esto, sino un hijo resentido, además de poco hábil para planear una extorsión? ¡Tan buen comienzo para un desenlace “amateur”…! Pero, ¡momento!, no sólo es un final flojo, sino que deja abierto un verdadero bache. Porque si todos o casi todos los empresarios de Piura pagaban “cupos” a la mafia, como se nos dice, entonces tarde o temprano le va a llegar la cartita a Felícito, y esta vez no la de un infeliz inexperto, sino la de los mafiosos “profesionales”. ¡Esa es la historia que quisiéramos que se nos cuente! Además, supongamos, para jugar un poco con la narración, que Felícito, a pesar de ser un hombre “hecho y derecho”, hubiese cedido, tal como todo el mundo esperaba, y hubiese aceptado darle el cupo a la mafia… ¿qué hubiese sido de la historia? Si el hijo facineroso y Mabel, la amante, son incapaces incluso de inventar la historia de un secuestro, que en realidad es una farsa, ¿que habría sido si hubiesen tenido que enfrentarse a Felícito todos los meses para cobrar el “cupo”? ¿Con qué medios para presionarlo, para ocultarse? ¿Y puede un padre no reconocer la letra de su hijo en las “cartas de la arañita” que le enviaba? Otro punto: toda la historia de José y el Mono, sus primos, ¿para qué, si después resulta que no sólo no tienen nada que ver con el complot, sino que hasta desaparecen del libro? ¿Era sólo una excusa para crear suspenso y dar un poco de protagonismo a Lituma (que es, lamentablemente, sólo una sombra de su jefe)? En síntesis, la historia de Felícito no cierra, no convence…

Tampoco convence la historia de Ismael y Armida, la segunda historia del libro que se va trenzando con la de Felícito. De nuevo aquí, en los primero capítulos, parece que estamos ante una buena historia, la de un empresario limeño rico e influyente que desea casarse con la empleada de todos sus últimos años, y desea hacerlo por muchos motivos, por cariño, pero también por venganza: para vengarse de sus dos hijos pervertidos y codiciosos, para que hereden lo menos posible. Sí, sí, es cierto que acá, justo cuando la historia se estaba volviendo fastidiosa, Vargas Llosa le da un giro inesperado y termina haciendo morir al mismísimo Ismael en el momento que menos lo deseábamos… Pero, de ahí en adelante, todo se vuelve realmente grotesco, burdo: la fuga de Armida a Piura, su regreso inesperado a Lima, hasta la decisión de irse a vivir a Roma… Parece, francamente, la historia de una mano inexperta, no la de Vargas Llosa.

La otra cosa que no me gustó de El héroe discreto son sus personajes, sobre todo, los personajes que retoma de sus novelas anteriores, Lucrecia, Fonchito, don Rigoberto, Lituma: simplemente, no son creíbles, son marionetas toscas, casi sin cuerpo. El único personaje que se salva, que tiene vida, el único creíble es, a mi juicio, Felícito. Es un personaje riquísimo, polifacético, un personaje al que Vargas Llosa analiza, destripa, venera y maltrata a la vez… Luego viene Rigoberto, el álter ego del autor, la encarnación del hedonista, del profesional exitoso, trabajador, culto, sibarita, pero no por ello egoísta, sino todo lo contrario: buen padre, buen esposo, buen empleado, buen amigo, quizá hasta buen ciudadano. Casi demasiado perfecto para ser atractivo… Pero ahí, lamentablemente, se termina la lista, porque a los restantes personajes, repito, les falta credibilidad, les falta un rostro nítido, les falta un perfil más claro. A Lucrecia le falta todo, es sólo el complemento dócil que necesita el marido, don Rigoberto. Fonchito es el personaje más inverosímil y aburrido… una “x” vacía. Y, para colmo, la pesadísima historia de ese tal Edelberto Torres hace de Fonchito una especie de ser etéreo que flota en la narración, recargándola innecesariamente. También el Lituma de esta novela es decepcionante… No tiene nada de la gracia, del ingenio, de la vida que tenía el Lituma de Lituma en los Andes, un personaje entrañable.

Ahora voy a ser tajante: El último capítulo, el XX, está totalmente de más. Si alguien aún no leyó la novela y quiere leerla, le aconsejo que la termine en el capítulo XIX. El XX no solamente que no le agrega nada a la narración, sino que le quitar algo, le quita parte del sabor discretamente bueno que, digamos, tenía hasta entonces.

Vargas Llosa abre El héroe discreto con una cita de Borges: “nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. Diría que la falla del libro no está en “el hilo”, que al autor nunca se le escapa, sino en el laberinto: me esperaba un laberinto más intrincado.

Mario Vargas Llosa (2013) El héroe discreto. Madrid: Alfaguara

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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