El hombre unidimensional

Esta mañana me acordé del título de aquel famoso libro de Marcuse, El hombre unidimensional. Debería, tal vez, releer esa obrita, ahora que ya pasaron varios años de mi época universitaria. Ya veré; por el momento, no es una prioridad. Recordé el título del libro porque, de algún modo, se me ocurre pensar que el hombre actual, el hombre contemporáneo, es unidimensional (y, repito, sin importarme si eso es o no lo que quería decir Marcuse). Es unidimensional porque establece solo un tipo de relación con el mundo, lo que a veces se llama relación instrumental o utilitarista con el mundo. La naturaleza y los otros seres humanos aparecen, ante los ojos del hombre moderno, como materia prima, como material que él debe malear, dar forma, usar, dominar. El mundo no es ni bueno, ni malo, ni bello ni feo, ni sagrado ni profano para el hombre contemporáneo, sino solo un conjunto de cosas que le pueden ser más o menos útiles para realizar sus fines, para satisfacer sus deseos, para cubrir sus necesidades. Por eso el trabajo se vuelve el único modo de vida imaginable para el hombre de nuestros días. Todo es trabajo, todo deviene trabajo: el trabajo en el sentido estricto de ir a la oficina cada mañana, pero también el trabajo de cuidar los hijos, el trabajo de organizar una fiesta, el trabajo de preparar la cena, el trabajo de divertirse, el trabajo de protestar, el trabajo de curarse, el trabajo de morir. Poco o mucho, bien o mal, el hombre contemporáneo sólo sabe transformar el mundo, actuar en él.

No quisiera que esto suene al canto romántico de un joven idealista. No me interesa lamentarme de que el mundo sea así, ni tampoco proponer una forma de vida alternativa. Y mucho menos ignoro que todo lo que somos es gracias al trabajo. Nosotros mismos somos el producto de nuestro trabajo. Simplemente quiero observar y constatar, fríamente. En su entrega total al trabajo, al hacer, a la acción, el hombre se ha vuelto unidimensional, ha perdido las otras dimensiones que lo constituyen o, cuanto menos, estas se han reducido a un mínimo. Las restantes dimensiones de la existencia humana, las otras maneras de relacionarse con la naturaleza y con los otros en función de valores éticos, estéticos o religiosos, son ahora, en el mejor de los casos, fenómenos marginales. Todo el mundo se ha aplanado en una sola y gigantesca dimensión. Nunca antes el mundo había sido tan dócil a los objetivos humanos, pero nunca antes tampoco había sido tan descolorido y banal. El mundo nunca antes había sido tan rico, ni tampoco la existencia humana tan pobre.

Tal vez estas líneas permitan ver más claramente cuál es el punto de la crítica que a veces se le hace a la ética analítica. No es que la ética analítica sea algo ocioso, ni mucho menos. Nadie puede negar, en sus cabales, que la ética analítica ofrezca una reflexión relevante y hasta necesaria. El objetivo de la ética analítica es establecer normas claras y fundamentadas racionalmente con miras a regular nuestra acción. El punto de la crítica es bien otro, y es que la ética analítica es, al fin y al cabo, parte de ese sistema de unidimensionalidad. En otras palabras, la ética analítica se propone fijar normas para el comportamiento del hombre en tanto actor, trabajador, productor, consumidor, pero esta forma de ética no se propone indagar sobre el hecho de que haya otras dimensiones posibles de la existencia. Por eso, la ética analítica es también un producto de la modernidad. Inútil discutir su importancia, pero inútil también negar sus límites, sus horizontes. Una reflexión ética total sólo podría partir de una consideración de la multidimensionalidad, real o posible, de la experiencia humana.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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Una respuesta a El hombre unidimensional

  1. Pablo Seguí dijo:

    ¿Qué tal, Marcos? Creo que tu descripción del mundo de los seres humanos contemporáneos es pobre. Tirás que actualmente la forma de ser de los hombres es más bien unidimensional. Apenas dedicás dos o tres palabras para los fenómenos marginales.

    No estoy de acuerdo con la visión. El mundo es, sigue siendo riquísimo en experiencias y modos de vivir. La sociedad capitalista intenta homogeneizar, sí, pero las respuestas de los individuos (de cada uno de nosotros) siempre será original, creativa, etc. Hay quienes están doblegados por el yugo de la necesidad, o tienen horizontes estrechos, o lo que sea; pero siempre algo propio, idiosincrático, tendrán. Aunque más no sea su silencio.

    El ser humano concreto, singular: ése es el punto. El problema es que terminás hablando de ética (de una tal “ética analítica” y demás), y las éticas al parecer buscan la universalidad de las normas, de los mandatos, etc. Se trata de otra cosa la vida. No todo es mera ética. Pensá en la música que escuchás vos, y después andá pensando en tus conocidos cercanos, aquellos con quienes intimás, y estoy seguro de que, en cuanto a música, cada uno de ellos tendrá su propio, particular gusto. Eso es lo rico, entre muchísimas otras cosas. No el esquema teórico, sino el contenido; no lo general, sino lo particular.

    Abrazo.

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