Aborto y fetos “anormales”: algunas reflexiones

 

Hace poco, una pareja conocida decidió abortar. El caso fue más o menos así: tras una serie de intentos fallidos, ella finalmente había quedado embarazada. Si bien tanto él como ella eran (son) relativamente jóvenes, el médico aconsejó realizar una amniocentesis, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades precedentes. Con mucha ansiedad, fueron a realizar el estudio. El feto ya estaba en el quinto mes. El resultado fue que tenía síndrome de Down. Si mal no recuerdo, supieron la noticia un viernes. El lunes siguiente, a primera hora, ya estaban en el hospital para abortar. No fue una decisión fácil, pero ellos sabían que, cómo padres, querían un niño “normal”. Además, si bien hoy un niño Down puede vivir sin grandes problemas de salud y hasta llegar a la edad adulta, mis conocidos pensaban que la vida de una de estas personas es siempre más complicada que la de un niño “común y corriente”, aparte de todas las dificultades de índole social y económica que les esperan al Down y a su familia: dependencia de por vida de un acompañante, escuela privada, etc.

Obviamente, respeto la decisión de esta pareja y soy el primero en recordar que es muy fácil aconsejar cuando no se está efectivamente en el lugar del otro. Lo que sí, no me terminan de cerrar totalmente las razones que dieron. Los futuros padres tienen el derecho a tener un hijo “normal”, pero ¿dónde poner el límite a ese derecho a elegir? ¿Puede una pareja abortar un embarazo ya avanzado si se confirma, por ejemplo, que el feto es del sexo distinto del que esperan los padres?

Alguien podría alegar que características como el sexo, el color de los ojos, etc., no justifican un aborto, pero sí el que el feto no sea “normal”. Si se sabe que el niño tendrá problemas físicos o mentales, aún cuando pueda vivir por años e incluso llegar a adulto, es mejor para los padres y para la futura persona ahorrar ese paso y matar el feto antes de que nazca, o si ya ha nacido, antes de que comience a desarrollarse (según la propuesta de legalización del infanticidio de Giubilini y Minerva).

Insisto en que el argumento es muy delicado como para decir desde fuera qué debe hacerse. Lo que sí me parece que hay que señalar es que un niño Down o con alguna discapacidad como la ceguera, pueden llevar una vida satisfactoria si se le provee de la asistencia médica y los recursos necesarios. ¿Quién puede realmente decir que la vida del adulto medio de nuestras sociedades sea “mejor” o “más satisfactoria” que la vida de una persona ciega o Down siempre que estas últimas hallan podido contar con la asistencia y la consideración social necesarias? En el seno de una sociedad verdaderamente pluralista, respetuosa de la diversidad y atenta a las necesidades especiales de cada persona, la vida de un discapacitado y de un Down podría ser plenamente valiosa y significativa. El problema es que no vivimos en sociedades de ese tipo. Seguimos viviendo en sociedades más o menos intolerantes frente a la diversidad y cada vez menos dispuestas a la solidaridad, esto es, a poner a disposición de quienes lo necesiten, recursos para poder llevar una “vida digna”.

La cuestión, a este punto, es que aceptar las reglas de juego que efectivamente propone nuestra sociedad podría llevarnos a justificar ciertas clases de aborto acercándonos con ello a lo que podría parecer un “programa eugenésico”. Supongamos que el progreso en la tecnología y la medicina prenatal haga posible, en un par de años, saber de manera fiable, veloz y económica ciertas características como el sexo que tendrá el niño, su color de piel, etc. ¿No sería entonces razonable para una pareja interrumpir el embarazo si saben que esperan una niña, o un niño con determinado color de piel? Al fin y al cabo, en la mayoría de nuestras sociedades, incluso occidentales, las personas de un tipo determinado de sexo, color de piel, etc., tienen más probabilidades de llevar una vida más exitosa y “mejor” que la de de los restantes miembros. Para decirlo sin más vueltas: por más de que en las Américas estén cambiando mucho las cosas, ¿no sería aconsejable que una pareja mixta de norteamericanos o brasileños, él digamos negro, ella blanca, aborte ni bien se enteren que su hijo tendrá el color de piel del padre (basta ver cualquier análisis demográfico para saber cómo siguen distribuyéndose la riqueza y las oportunidades entre las etnias)? ¿No sería comprensible que una pareja china interrumpa el embarazo si confirman que esperan una niña (porque, de nuevo, basta con ver cualquier estadística seria para darse cuenta cuáles son las chances efectivas para un hombre y para una mujer en sociedades conservadoras como China)?

Pero, me pregunto, usar esta “lógica” ¿no es una actitud acomodaticia e irresponsable frente a la realidad social? ¿Es que en vez de buscar reformar la sociedad, preferimos dar a luz hijos que se adecuarán mejor a esa realidad?

Concluyo celebrando el hecho de que vivamos en sociedades liberales que permitan el aborto. No hay nada peor que sentirse condenado a tener un hijo que no se quiere. Además, un feto de tres, cuatro o cinco meses no es una persona, de manera que es lícito disponer de la vida de ese ser. Lo que sí quiero remarcar es que vivimos es sociedades moral y culturalmente subdesarrolladas, en las cuales sólo hay espacio para los “normales” y para las cuales una vida que no se ajusta a esos cánones y exigencias de “la normalidad” no puede ser dichosa o significativa.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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4 respuestas a Aborto y fetos “anormales”: algunas reflexiones

  1. Yo dijo:

    Pues yo creo que hicieron bien, yo haría lo mismo. Un síndrome de down es una carga de por vida, nunca son independientes y condicionaría la vida de toda la familia. No se puede comparar un retraso mental grave con el color de la piel o el sexo.

    • ¡Gracias por compartir tu opinión!

      • Timoteo dijo:

        Trabajo en un colegio de inclusion de niños con necesidades especiales, incluidos niños con sindrome de down, lamento profundamente que ustedes no hayan tenido la oportunidad de conocerlos de cerca. No es su culpa. La arrogancia intelectualoide basada en la ignorancia solo debe ser tomada como otro acto de estupidez postmoderna. Los reto a que convivan con niños especiales por algun tiempo y luego vuelvan a pensar. Acaso se creen ustedes con mas derecho de existir que ellos? Acaso ustedes se creen mas significativos para el mundo que un niño especial? No tengo mas que expresar profunda lastima por sus opiniones fascistas.
        ,

  2. Gracias, Timoteo, por tu comentario. Lamento mucho que mi entrada no deje traslucir más claramente la actitud de duda y de crítica y autocrítica que tuve al escribirla, y que sigo teniendo respecto al tema.
    Una aclaración: los conocidos a los que me refiero al comienzo no son “intelectuales” ni mucho menos. Son – si tengo que catalogarlos – profesionales de clase media, gente aparentemente de lo más simpática, que cada tanto va a la iglesia y que no tiene ninguna ambición “intelectual”.
    Rescato de tu comentario algo, que comparto plenamente: las horas pasadas con un chico o adulto con síndrome de Down pueden ser súmamente humanas y reconfortantes. Te invito a que releas la entrada con un poco más de calma.
    Habermas también se pregunta hasta qué punto nuestras sociedades no son eugenésicas. En el fascismo, la eugenesia es practicada por orden de un gobierno autoritario. Nuestras sociedades, en cambio, practican una selección de la progenie sin un programa gubernativo, sino a partir de las decisiones “libres” de ciudadanos aislados según las preferencias de cada cual. El resultado es el mismo, solo que antes lo ejecutaba un gobierno central por la fuerza, y hoy son individuos que actúan cada uno por su cuenta.

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