Tabú y progreso moral

Toda reflexión ética seria debe incluir la dimensión del tabú como uno de los aspectos constitutivos y condicionantes de nuestra psicología. Muchos seguramente protestarán: “¿Tabú nosotros, los occidentales del siglo XXI? Si es justamente un concepto para explicar el comportamiento irracional de los pueblos “primitivos” o “simples”… si hasta la palabra misma llegó a nuestras lenguas de la mano de los primeros viajeros y antropólogos en tierras lejanas.”
Cuando un fumador que se ha propuesto dejar el tabaco porque es consciente de que le hace daño, vuelve a encender un cigarrillo, decimos que actúa irracionalmente. Sabe que lo racional es dejar de fumar de una buena vez, e incluso puede haberse dicho a sí mismo y a los otros explícitamente: quiero dejar de fumar. Algunos explicarán esta recaída como fruto de una voluntad débil, o en razón de la fuerza de nuestros hábitos. Lo cierto es que no hay nada más reñido con la realidad que la imagen que tenemos de nosotros mismos como personas guiadas por la razón. Una de las principales tareas de la psicología y la sociología ha sido, precisamente, buscar modelos alternativos para explicar nuestras acciones y prácticas. Y es aquí donde se inserta el concepto de tabú. Nuestro comportamiento no sólo está condicionado por la debilidad de la voluntad, por los límites de la racionalidad y por la fuerza de los hábitos y las costumbres, sino también porque consideramos ciertas cosas, ciertos eventos y ciertas acciones como prohibidas, malas, demoníacas, en una palabra: tabú. Muchas veces nos cuesta cambiar nuestras moral no solamente a causa de nuestras flaquezas, sino porque hemos aprendido a considerar algo como un tabú; así, una parte importante de nuestro ser se revela ante la sola idea de la “transgresión”, por más que en el fondo no se trate de una transgresión, ni muchos menos.
Creo que gran parte del problema en el debate en torno a la legalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido no se debe tanto a que haya buenos argumentos racionales en contra, sino a que la mayoría de las personas y de los médicos siguen viendo ciertas acciones como “tabú”. ¿Qué argumento realmente serio se puede presentar para impedir que se legalice el suicidio asistido en el marco de una sociedad pluralista y democrática? Absolutamente ninguno. Es cierto que muchos podrán alegar que eso va en contra de sus convicciones religiosas y de la posición adoptada por su religión. Pero eso, en una sociedad pluralista, no constituye una razón para impedir la legalización de la práctica en cuestión.
Me parece importante insistir en que muchos de quienes se oponen a la eutanasia no lo hacen por la incapacidad de seguir una razonamiento ético o por el agobiante peso de nuestro pasado en forma de costumbres, sino porque consideran que inyectar o ayudar a inyectar una sustancia letal en otro ser humano es romper un tabú. Es como una fuerza “mágica”, pre-reflexiva, fortísima, que impide no sólo que se realicen ciertos actos, sino incluso que se los valore como admisibles. Recuerdo el caso de un conocido de mi familia que murió mientras realizaba unas tareas en el campo. Sin querer, pasó con el tractor por debajo de un árbol y volteó una colmena. Las picaduras de las avispas le causaron una reacción alérgica que le impedía respirar. La mujer, que presenciaba la escena, fue incapaz de realizarle una traqueotomía. La sola idea de cortar y perforar la tráquea con un cuchillo la dejaba impotente, “era más fuerte que ella”, por más que el marido, un medico jubilado, le señalara insistentemente con el dedo dónde cortar.
Si es posible hablar de “progreso moral”, seguramente nuestros tabúes, o algunos de ellos al menos, son uno de los principales obstáculos en tal empresa. Por eso el progreso moral no es posible sin sacrilegio.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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