Una mañana de otoño

Es domingo por la mañana y el tiempo está de nuevo inestable; por momentos sale el sol, por momentos amenaza la lluvia. No obstante, me decido y salimos, mi hija de dos años y yo, rumbo al parquecito infantil. Somos los primeros en llegar. Los juegos están mojados por la lluvia de la noche. Sobre un banco desplegamos todos los juguetes que trajimos. La pequeña no tarda en entretenerse con el arena húmeda que escarba con una palita. Pronto empieza a llegar más gente, abuelos con los nietos, una pareja joven con una bebita que aún no camina, un padre fanfarrón con sus dos hijos varones. Como era previsible, se vuelve a largar la lluvia. El parquecito se vacía una vez más. Me refugio con la pequeña en el amplio pórtico de la iglesia. Comemos una banana sentados en el umbral del campanario. De a ratos sopla un viento helado. Un inmigrante (¿pakistaní?) ha juntado ya los cachivaches que vendía en la plaza, los ha envuelto en la sábana blanca que le sirve de mantel, y los ha puesto en una bolsa de plástico celeste. Él también busca refugio en el pórtico. De algún lado salen paraguas que se cuelga en los dedos de la mano y comienza a ofrecer a los fieles que salen de la ceremonia. Nadie compra. La gente se va llevándose un trozo de prósforo, de pan bendecido, que mastican mientras se alejan. Al rato, comienza a salir más gente por la puerta lateral de la iglesia. Muchos están vestidos de negro. Junto a la puerta han montado una mesita. Encima están las típicas bolsitas blancas con kóllyva. Por fin, el inmigrante deja el pórtico y se dirige a la puerta lateral. También a él le dan una porción. Lo que para los otros es un gesto, un símbolo, para él es comida, alimento. Abre la bolsa y deglute el kóllyva. Luego hace un bollo con el papel y, a pesar de que se moja, se aleja unos metros para tirarlo en un basurero. Vuelve al pórtico y recoge la bolsa celeste que había dejado. Tal como vino, desaparece sin que nadie se dé cuenta. La lluvia continúa. No es fuerte, pero persistente. Acomodo a la pequeña lo mejor que puedo en el cochecito, la cubro con el nailon y me cierro bien la campera impermeable. Basta con volver deprisa para no mojarse. Me digo: una mañana de otoño.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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