Ética normativa y ética de la virtud

Al menos en la tradición de la ética analítica contemporánea, hay una tendencia a reducir la ética a la ética normativa. De este modo, se supone que la tarea principal de la ética es la de generar una sólida teoría normativa, esto es, una teoría (fundamentada racionalmente) que especifique los principios y las normas destinados a regular el comportamiento del individuo y el funcionamiento o la estructura de la sociedad. La ética, así, deja de ocuparse, o se ocupa solo de manera marginal, de reflexionar sobre qué es y cómo puede lograrse una “buena vida” (en el sentido clásico ya tematizado por la filosofía antigua).

En parte, este fenómeno se debe a que el logro de una vida plenamente satisfactoria no reviste el carácter de urgencia que, en cambio, sí lo tiene el establecimiento de normas y principios destinados a asegurar la convivencia y la cooperación entre los seres humanos. Es evidente que el establecimiento de tales normas y principios va de la mano con la amenaza de sanciones en caso de incumplimiento. (A nadie se puede sancionar por no llevar una vida “moralmente excelente”, pero sí por no atenerse a normas básicas como “no robar”.) Por lo demás, mientras es posible en una sociedad pluralista y secular llegar a un acuerdo sobre las normas y principios básicos que regularán nuestra conducta y nuestras instituciones, es difícil hallar una concepción de vida y de excelencia moral que satisfaga a todos. Por caso, para un católico, un musulmán y un ateo, tal concepción será diferente, aún cuando puedan haber puntos en común.

De tal modo, la función del ético contemporáneo es (e insisto, especialmente en la tradición analítica) la de explicitar y fundamentar un sistema de normas que serán, en su mayoría, morales y legales a la vez. Robar, para volver al ejemplo dado, es un acto inmoral e ilegal. Es “inmoral”, y por ello está sancionado moralmente (por ejemplo, presenciar un robo nos causa indignación). Es “ilegal”, pues el robo está castigado con sanciones claramente especificadas.

Es posible imaginar algunas normas legales que no sean, a la vez, morales. Por ejemplo, transgredir ciertas leyes que regulen un procedimiento administrativo puede ser enojoso y puede estar sancionado severamente, pero no será algo inmoral. E, igualmente, puede haber normas morales que no sean, simultáneamente, legales (no hay sanciones legales para quien no ayude a una viejecilla a cruzar la calle, aunque es un acto moralmente reprochable).

(Obviamente, estoy suponiendo el sistema legal de un estado moderno y democrático. La relación entre sistema moral y legal es muy distinta en un estado totalitario; allí, por ejemplo, hostigar a una minoría podrá ser algo legalmente obligatorio, aunque es, a las claras, algo inmoral. Sin embargo, en situaciones “normales” definidas por la forma de vida dentro de una sociedad pluralista, abierta y liberal, el conjunto de normas legales coincide en gran parte con el conjunto de normas éticas. Para decirlo con términos de la teoría de los conjuntos: la superficie de intersección de ambos conjuntos (legal y moral) es mayor que la superficie en la que tanto un conjunto como el otro no se intersecan.)

El punto que quisiera señalar aquí es que la ética contemporánea, en su excesivo celo por fundamentar y especificar un sistema normativo universalmente válido y acompañado de sanciones claramente determinadas, deja de lado toda la dimensión moral que tiene que ver con la buena vida, y que si bien no tiene, repito, la misma urgencia que la tarea normativa, no por ello deja de ser significativo. La buena vida o la vida plena ha sido desde un comienzo un ámbito de reflexión de la ética. Se puede vivir sin transgredir ninguna norma legal y moral, pero ello, por sí solo, no asegura la excelencia tout court. El logro de la excelencia supone la excelencia moral como una de sus esferas, esto es, una vida plenamente virtuosa.

El punto está en dejar de ver a la ética como una serie de deberes fastidiosos que hay que cumplir y que no tienen nada que ver con la satisfacción personal. Este era, justamente, el nudo de la concepción aristotélica: el que la felicidad o eudaimonía consiste en el el ejercicio de las competencias y habilidades humanas, tanto morales como extra-morales (cognitivas, artísticas, políticas, etc.).

Hay tres ámbitos en los cuales se ejerce la excelencia moral: uno consigo mismo, uno con el prójimo, uno con la sociedad en su conjunto. Si falto a la templanza, si soy impaciente con un amigo en dificultad o si carezco de coraje, no estaré transgrediendo ninguna norma legal ni moral en sentido estricto, y nadie puede sancionarme o reprocharme nada por ello, y sin embargo se trata de, nada más ni nada menos, que de la carencia de virtudes como la templanza, la paciencia y el coraje, cuya posesión y ejercicio hace de una persona una persona excelente y hace de su vida una vida mucho más rica y plena que lo que sería el caso contrario. Repito: alguien puede respetar escrupulosamente la ley y buscar satisfacciones en el mezquino ámbito de su intimidad. Si posee los medios para ello, puede darse “la gran vida”, y nadie podrá echarle eso en cara; pero, del mismo modo, nadie podrá admirarlo en tanto ser humano, en tanto amigo, en tanto ciudadano.

En conclusión, el punto que me interesa remarcar es el siguiente. La ética no debe descuidar el ámbito de reflexión sobre las virtudes que conducen a una “buena vida”, entendida en el sentido de los filósofos de la antigüedad. Saber llevar una “buena vida” es un arte que requiere de una larga y trabajosa formación del carácter y de la sensibilidad moral. Nadie está obligado a ser una persona excelente o un buen amigo o buen ciudadano, como tampoco a nadie puede obligársele a desarrollar plenamente sus capacidades físicas o artísticas. Pero desecharlas es desechar una dimensión sumamente significativa de la persona en tanto, lisa y llanamente, ser humano.

Está claro que para un utilitarista empedernido la reflexión sobre la buena vida es ociosa, ya que partirá del supuesto de que una vida feliz es aquella en la cual el dolor se ha reducido al mínimo y el placer al máximo. Para una persona religiosa, igualmente, la reflexión que propongo es superflua ya que considerará que “buena vida” es aquella vivida conforme a los mandamientos y preceptos de su religión. Así, y a manera de corolario, la necesidad de reflexionar sobre la buena vida surge cuando, en el seno de una sociedad pluralista y liberal, comienza a darse un espacio de libertad en el cuál la totalidad de la vida humana deja de estar totalmente determinada de antemano por la tradición.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher, book author and professor based in Athens, Greece.
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