Mi crítica al abolicionismo animal

Los otros días escuchaba la charla sobre ética animal que daba una doctoranda de Filosofía. En realidad, la estudiante no tenía una posición propia, más bien contrastaba la tesis utilitarista de Peter Singer con el deontologismo de Tom Regan y Gary Francione. Al final, se decantaba por esta última postura y exponía la –según ella– principal consecuencia práctica, el abolicionismo.

Si bien yo simpatizo con el deontologismo, tengo mis serias dudas respecto al abolicionismo. Creo que se puede ser deontologista en la ética animal sin adherir necesariamente al abolicionismo o, mejor dicho, a las versiones más radicales del abolicionismo.

El punto para mí es este: la manumisión o liberación de los animales domesticados de la esclavitud a la que los venimos sometiendo implicará más miseria para esos seres y, tarde o temprano, su muerte, con la consecuente extinción de sus respectivas especies.

Tomemos un ejemplo simple, el de las vacas usadas (explotadas) para la producción industrial de leche, carne y cuero, tal como se da en nuestros días. Estoy de acuerdo con Regan y Francione en que esa es una situación éticamente inaceptable a la que sometemos a los animales. No hay nada desde el punto de vista ético que pueda avalar la realidad a la que son sometidas millones y millones de vacas actualmente en todo el mundo.

Ahora bien, la liberación de esos animales, aun cuando se dé de un modo planificado, supondría nuevos sufrimientos y finalmente la muerte de esos sujetos. Algunas vacas podrían encontrar algún nicho en alguna pradera y comenzar una nueva vida, esta vez acorde a las exigencias que impone la vida salvaje, con sus dificultades y sus ventajas, pero ese no sería el destino de los millones de seres de esta especie. (Una vaca difícilmente puede subsistir en una selva o en una región semiárida, y menos aún en alguna ciudad que no sea de la India.)

Este creo que es el talón de Aquiles de muchos abolicionistas, el creer que con abrir las puertas de las jaulas y las tranqueras de los corrales se termina el problema. Al contrario, ahí empieza un nuevo problema, y no menor para la ética.

Algún abolicionista más refinado me podrá decir lo siguiente: “El punto es que nosotros, los seres humanos a partir del neolítico, fuimos los que trajimos al mundo a estos seres infelices mediante el proceso de domesticación, tan solo para explotarlos según nuestra conveniencia. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es ofrecerles una desaparición indolora, por ejemplo, esterilizando a todas las vacas y los toros actuales (sin causarles dolor ni estrés, obviamente), hasta que, en un estado de semilibertad mueran de acá a un par de años y se extinga, así, la especie vacuna, que no fue una especie surgida de la evolución natural, sino de nuestra malsana ‘evolución asistida’.”

A mí esta posición me parece horripilante. Es cierto que fuimos nosotros los que trajimos las vacas al mundo, y que no fue por motivos loables, sino por nuestro interés; también es verdad que la mayoría de estos animales no la pasan para nada bien y que urge hacer algo al respecto. Pero llevar a una extinción indolora a todos estos seres a fin de liberarlos del dominio humano me resulta espeluznante.

Mi posición es que, hayamos hecho lo que hayamos hecho en el pasado, estos animales hoy en día existen y podemos ofrecerles una forma de vida lo más acorde a sus requerimientos, esto es, un modo de existencia en buena medida satisfactoria, sin que ello implique liberarlos del hombre. Hay muchos ejemplos de granjas familiares o comunitarias que les brindan a esos animales las condiciones para que lleven una buena vida. El hecho de que un ser como una vaca –o como un perro o como un niño– no pueda vivir sin el cuidado del ser humano adulto no implica que deba llevar una vida menos digna. En otras palabras, la cuestión no está en vivir bajo la supervisión del hombre, sino que esa supervisión no se convierta –como lamentablemente se convirtió– en una relación de explotación.

En todo caso, lo que puedo aceptar de los abolicionistas es que los modelos de granjas alternativas no pueden asumir el ingente número de vacas hoy existentes. Una granja comunitaria puede tener una decena de vacas, pero no cientos o miles de animales, porque eso implicaría volver a los deplorables métodos industriales que usan las grandes haciendas hoy. Por tanto, no queda otra que reducir su número (aunque, insisto, sin llevarlo a cero).

Por supuesto, en el caso de que el ser en cautiverio sea un animal salvaje, ahí sí concuerdo con el abolicionismo: hemos de hacer todo lo posible para liberarlo, esto es, para que vuelva a su hábitat natural.

En síntesis, no podemos dar vuelta atrás el reloj de la historia. Los animales domésticos son una realidad, y el hecho de que no puedan vivir sin nosotros no implica que las alternativas sean la explotación o la desaparición. Podemos y debemos buscar formas de convivencia con estos animales que sean satisfactorias para ellos y para nosotros.

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About Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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