¿Qué es la autonomía?

Hoy quisiera referirme al tema de la autonomía, un tema central en bioética.

¿Qué es la autonomía?

Para responder a esta pregunta podemos adoptar dos enfoques, uno relativamente sencillo y otro bastante complejo. El primer enfoque es, como se verá, el que se emplea en casi todas las sociedades.

Según el primer enfoque, autonomía es la capacidad de un individuo de decidir libremente acerca de su destino. ¿Y cuándo una persona puede decidir libremente sobre su suerte? Cuando no tiene ningún impedimento cognitivo, psíquico o social. Esto es, cuando un individuo no es menor de edad y, por lo tanto, ha podido desarrollar sus capacidades cognitivas; cuando no posee un trastorno mental grave y continuo, y cuando no se ve presionado por terceros: entonces se supone que puede deliberar y elegir lo que quiere.

Como salta a la vista, el primer enfoque es negativo: no nos dice qué es la autonomía como tal, sino menciona una serie de dimensiones que deben estar ausentes para que se dé la decisión autónoma (minoría de edad, trastornos, etc.).

Esta aproximación a la autonomía recuerda un poco la definición negativa de la salud: “salud es la ausencia de enfermedad”. Acá, si se quiere, se dice que autonomía es la ausencia de factores que imposibilitan la libre toma de decisiones, como la inmadurez, la presencia de enfermedades mentales (demencia, esquizofrenia) o la coacción (como cuando se le hace firmar a alguien un contrato bajo la amenaza de una pistola).

El primer enfoque es bastante cómodo: así como suponemos que todos los hombres están naturalmente sanos mientras no tengan enfermedades, damos por descontado que todos los hombres son autónomos a menos que se vean imposibilitados para tomar decisiones.

El problema con la autonomía comienza cuando queremos dar una definición más amplia o sustanciosa. ¿Qué es ser autónomo?

Acá la comparación con la definición de salud vuelve a ser pertinente. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud popularizó la definición de salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social”, tal como se lee en el preámbulo de su constitución de 1946. Se trata, por cierto, de una definición defectuosa, pero ha sido un primer intento por decir algo positivo sobre la salud.

Que una persona no esté enferma no significa que rebose de salud; igualmente, que una persona no tenga ningún impedimento cognitivo, psíquico o social no significa que ejercite plenamente su autonomía. Hay personas que dejan que sus parejas decidan sobre su suerte en casi todos los aspectos decisivos de sus vidas.

Mucho se ha hablado últimamente acerca del empoderamiento de las personas como una manera de hacerles apreciar y, sobre todo, ejercitar su autonomía.

Por ejemplo, si alguien no cuenta con una adecuada formación intelectual, difícilmente va a poder elegir libremente. También es necesaria un adecuado entrenamiento emocional y conductual para poder ser libres: quien no sabe ser asertivo o no tiene confianza en sí mismo, no va a poder vivir autónomamente.

Está claro que el segundo enfoque es mucho más complejo que el primero y que lo dicho hasta ahora no es más que un intento por realizar un primer abordaje (“scratch the surface”) de una cuestión profunda.

Quisiera concluir comparando una vez más la autonomía con la salud. Así como no podemos vivir una vida perfectamente sana, tampoco podemos ser todo el tiempo acabadamente autónomos. La autonomía es, en este sentido, un ideal regulativo, un norte al cual orientar nuestros esfuerzos, aunque nunca podamos alcanzarlo del todo.

Por lo mismo, la autonomía –como la salud– tiene que ver con estilos de vida que la consoliden y la expandan. Si no hacemos ejercicio regularmente y no comemos adecuadamente, no vamos a rebosar de salud, aunque no tengamos enfermedades. Del mismo modo, si no ejercitamos diariamente nuestras capacidades deliberativas, no vamos a ser plenamente libres. La libertad es como un músculo: más fuerte está cuanto más se usa.

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About Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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