Reformadores y visionarios

La tarea del ético es proporcionar un sistema de valores, principios y normas para regular nuestro comportamiento individual y nuestras organizaciones sociales. Por cierto, tanto el comportamiento del individuo como el funcionamiento de la sociedad en su conjunto no son caprichosos, sino que, al menos hasta un cierto punto, responden a una moral heredada. El ético, por tanto, deberá analizar críticamente esa moral y, una vez individualizadas sus falencias, proponer un nuevo sistema de valores y normas, esta vez coherente y racionalmente justificado.

Teniendo ello en mente, quisiera introducir una distinción entre dos tipos de éticos o, si se quiere, dos maneras de entender el quehacer de la ética. Ante todo, imaginemos que la sociedad sea algo así como una ciudad. Como toda ciudad, tiene sus partes nuevas y viejas, sus barrios elegantes y pobres, sus puntos de interés y sus calles nefastas. En una palabra, allí hay cosas admirables pero igualmente cosas que merecen ser cambiadas o mejoradas.

Para seguir con la comparación, imaginemos que el ético sea una especie de urbanista. Hay urbanistas “radicales” que sostienen que la única manera de mejorar la ciudad es haciendo “borrón y cuenta nueva”, esto es, adquiriendo un área despoblada en las cercanías de la ciudad y reconstruyendo allí todo de nuevo. Muy por el contrario, otros urbanistas, que podríamos llamar “reformistas”, consideran imposible proceder de este modo y aunque ven la necesidad de cambiar muchas cosas de la ciudad, piensan que debe hacerse dentro de la misma ciudad, con sus virtudes y defectos presentes.

La mayoría de los éticos son como los urbanistas radicales. Conciben sobre papel un perfecto sistema ético y luego se auguran que la realidad social encaje (por las buenas o por las malas) en esos esquemas ideales. Una minoría de éticos procede, en cambio, como los reformistas. Comienzan observando y estudiando la sociedad tal cual es, y luego proponen pequeñas pero atinadas reformas con el objetivo de ir mejorando paulatinamente la convivencia.

Nótese que, a diferencia del urbanista, el arquitecto tiene una tarea más sencilla. Este puede remodelar una casa ya existente, o bien puede contar con un terreno baldío sobre el cual construir “ex novo” la casa tal como la diseñó previamente y con toda comodidad en su estudio. Para el ético, como para el urbanista, la cosa no es tan sencilla, porque raramente uno puede volver a empezar de cero con toda una ciudad, y menos aún con una sociedad. La mayoría de los éticos serían, entonces, como visionarios, como urbanistas que imaginan y sueñan ciudades ideales. Esos planos jamás se volverán realidad, pero tal vez inspiren la labor del resto de los urbanistas moderados, de los reformistas, de los hacedores.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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