El aborto en Francia y el estatus moral de los embriones

“Mi cuerpo, mi elección”, escrito con letras luminosas, era el lema que pendía los otros días de la torre Eiffel para festejar la victoria legislativa: de ahora en más el derecho al aborto estará contemplado en la Constitución francesa.

Yo, como liberal (en el sentido filosófico de liberalismo) no puedo menos que asentir: sí, mi cuerpo es mi propiedad, y yo, mi mente, soy el dueño; sí, mi cuerpo es mi territorio y yo el soberano.

Me pregunto: ese lema, ¿es una realidad en Francia o una aspiración? Por ejemplo, ¿puede una mujer francesa literalmente hablando alquilar su cuerpo por nueve meses, para que allí se geste el niño de una pareja que no puede tener hijos de modo “tradicional” y esté dispuesta a pagar una buena suma por el servicio? ¿Por qué no, es su cuerpo, es su elección?

¿Puede una mujer o un hombre en Francia solicitar asistencia a la muerte por hallarse muy enfermos y sin perspectiva de mejoría, o por el motivo que sea? ¿Por qué no, son sus cuerpos, son sus elecciones?

¿No será que los franceses que hoy celebran victoria han camuflado bajo el lema del liberalismo su ideario progresista?

A ser sincero, no me interesa indagar qué se esconde realmente detrás de la moción aprobada días atrás. Lo que sí me parece importante es reflexionar brevemente sobre el estatus moral de los embriones y de los fetos, sobre esos organismos en desarrollo sobre los que recae el peso de la decisión de “hacer con mi propio cuerpo lo que quiera”.

El principio liberal establece, tal como lo pondría John Stuart Mill, que puedo hacer con mi cuerpo lo que desee, mientras mis acciones no dañen a terceros.

Si a una mujer en Francia le está permitido interrumpir su embarazo (dejemos por el momento la cuestión de en qué semana o mes de la gestación), ¿significa que el embrión o el feto no son nada, esto es, son entidades sin ningún estatus ético?

Aquí tengo un gran problema, porque para mí no podemos decir que un embrión y, menos aún, un feto sean excrecencias del cuerpo, sean un conglomerado de células sin más valor que el escupitajo que lanzamos a la calle.

Espero no ser grosero con lo que dijo, porque sé que la decisión de abortar y todo lo que le sigue sume a la mujer (y a la pareja, cuando no a toda la familia) en un estado psicológico muy delicado. Pero es justamente por eso por lo que exagero, para que se vea todo lo que está en juego.

Cuando voy al peluquero para que me corte el pelo, no me preocupo qué pasará con los restos de cabello que van luego a la basura. Tampoco nos interesa qué hace el personal sanitario una vez que el cirujano nos extirpó un tumor.

Yo creo que debemos entender que el embrión humano, sobre todos cuando ya se ha implantado en el útero materno, y el feto, esto es, cuando el embrión ha cumplido el tercer mes de embarazo y pasa a un nuevo estadio de desarrollo, no son “cosas sin valor”, no son “estorbos” ni simples conglomerados de células. Son organismos humanos en sus fases iniciales con un cierto estatus moral y con un grupo de intereses.

Para mí, cometemos un gran error cuando adherimos a cualquiera de estas posiciones extremas: por un lado, afirmar que el embrión es una persona, tal como sostiene la doctrina católica; por otro, suponer que es un conjunto de células sin ningún estatus particular, como se desprende de las posiciones “progresistas”. Ni uno ni otro extrema es correcto.

El embrión no es una persona porque para llegar a esa condición le falta mucho camino. Por lo pronto, le falta desarrollar el sistema nervioso y luego, gracias a eso, adquirir y utilizar el complejo lenguaje humano, que es la condición básica para adquirir la personalidad. Pero, como ya dije, equiparar el embrión a un objeto sin importancia es igualmente inadecuado.

En bioética existe una categoría intermedia para todos estos entes que ni son personas ni son objetos; me estos refiriendo a la categoría de pacientes morales o, como se dice en inglés, moral patients. En otras palabras, los pacientes morales no son personas (esto es, no son agentes morales o moral agents) pero tampoco son objetos (objects). El mundo moral no es blanco o negro, sino que hay un importante matiz de grises que hay que aprender a distinguir y a respetar.

Permítanme poner otro ejemplo de paciente moral: un enfermo en estado vegetativo permanente. Lo que tenemos allí no es un objeto (digamos, una masa de sesenta, setenta u ochenta quilos de carne y hueso encima de una cama de hospital) ni tampoco una persona, un agente moral que pueda tomar decisiones libres e informadas.

Vuelvo al caso francés: ¿las mujeres pueden abortar? La respuesta para mí es sí, pueden disponer libremente de su cuerpo y abortar, porque los embriones son pacientes morales y, como tales, no poseen el mismo “peso” que les asignamos a las personas (que nos asignamos a nosotros mismos en tanto personas o agentes morales). Dicho de otro modo: el interés que le podamos atribuir a un embrión humano no cuenta de igual modo en que cuenta el interés de la mujer adulta de no continuar con el embarazo.

En conclusión, sí al aborto, pero teniendo en cuenta que la decisión de la mujer de abortar recae no sobre un objeto sin valor, sino sobre una entidad que merece nuestra consideración moral, por limitada que sea.

Avatar de Desconocido

About Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Ética, Ética aplicada, bioética, Filosofía del derecho y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario