Una de las noticias del día es que en Francia se constitucionalizó el derecho al aborto: de ahora en más, la interrupción voluntaria del embarazo pasa a tener allí estatus constitucional.
Lo destacable de la noticia no es solamente el hecho en sí (Francia es el primer país en todo el mundo que establece un derecho constitucional al aborto), sino el que aparezca a casi dos semanas de otra noticia que dio la vuelta al mundo: la de la decisión de la Corte Suprema de Alabama de considerar a los embriones in vitro como niños aún no nacidos.
No logro dar con los motivos “profundos” que han llevado a los legisladores franceses a reformar la Constitución en este punto. ¿Existe realmente el peligro de que el próximo gobierno galo busque derogar la ley de aborto actualmente vigente? ¿Usando qué medios? ¿O se trata de una victoria menor, pero victoria al fin, que puede anotarse el gobierno de Macron?
Admito que se me escapa lo que pueda estar pasando en los entretelones de la política francesa.
De todos modos, si se trata de darle el mayor estatus jurídico posible a un derecho individual, ¿por qué no hacerlo con tantos otros derechos, como el derecho a la eutanasia voluntaria? (En este punto, todo hay que decirlo, Francia es mucho más conservadora que sus vecinos belgas, españoles y suizos.)
No es que yo esté en contra del aborto; por el contrario, soy partidario de su legalización en aquellos países que aún no lo legalizaron. Sin embargo, creo que el aborto es algo malo que debe estar permitido solo para evitar algo peor.
¡No me vengan a decir que el aborto es algo bueno en sí! Abortar es, ni más ni menos, que interrumpir el desarrollo de una vida humana en sus primeros estadios (por lo general, en el estadio embrionario, pero también puede darse esa interrupción en el estado fetal) mediante un procedimiento farmacológico o quirúrgico con el fin de evitar algo considerado realmente malo. ¿Qué? Por ejemplo, que nazca un niño que no será amado por su madre; o que nazca en el seno de una familia ya numerosa que no podrá darle todo lo que hoy consideramos necesario para crecer y vivir bien.
(También pueden darse otros casos, como cuando el feto posee anomalías muy graves que, de nacer, le impedirán llevar una vida incluso mínimamente digna de ser vivida. Pero, en este caso, más que de aborto podríamos hablar de una forma de eutanasia prenatal.)
Para mí el punto es este: ninguna mujer puede ser obligada a tener un hijo si no lo desea, por los motivos que fuese. Si una mujer descubre que ha quedado embarazada y no quiere ese niño –por ejemplo, porque le será un peso que le impedirá terminar su carrera universitaria–, entonces es mejor terminar la vida del nuevo ser lo más rápidamente posible, antes de que se forme el sistema nervioso (digamos, como máximo hasta alrededor de la decimosegunda semana).
No quiero sonar desconsiderado. Sé que hay millones de mujeres en todo el mundo oprimidas porque, entre otras cosas, viven en países en los que no les ha sido posible abortar (y ni siquiera acceder a la anticoncepción y a la información que hoy consideramos básicas). Por eso, repito, estoy a favor de la legalización del aborto en todo el mundo. Solamente en casos como estos podría llegar a decir que el aborto tiene algo de bueno: significa el que una mujer se planta y le dice no a una sociedad opresora y retrógrada. Pero en todos los restantes casos –y acá vuelvo a la carga– el aborto es solo algo malo que se justifica porque evita algo peor.
La ética, nos guste o no, la mayoría de las veces es eso: no tanto indicar el bien, sino mostrar alternativas que no son buenas de por sí pero que permiten evitar una catástrofe (personal o colectiva).