Si los perros pudiesen hablar nuestras lenguas, difícilmente entenderían hoy la expresión “llevar una vida de perros”. Claro que hay muchos perros que la pasan mal, muy mal; pero hay un número creciente de mascotas que llevan una envidiable “vida de bacán”.
Actualmente se sobreentiende que debemos alimentar a nuestros perros no con las sobras de nuestras mesas ni tampoco con comida más barata (de segunda calidad), sino con productos tan o más caros que los que compramos para nosotros.
En el barrio en que vivo acá en Atenas, Ilisia, se han abierto en los últimos años un montón de mercaditos y supermercados para mascotas. Allí hay de todo, aparte de comida: inodoros para animales, jabones y champús, correas y juguetes, chalecos y cuchas.
Una conocida me contaba días pasados que su hijo estaba contento porque le habían dado la concesión para abrir en una isla del Egeo una filial de una de estas grandes cadenas de supermercados para animales.
También ha aumentado el número de veterinarias en toda la zona. Acá a la vuelta hay un consultorio de alta complejidad en el que se les puede hacer todos los estudios necesarios a los perros y a los gatos enfermos, y disponen de un quirófano de primera.
Por supuesto, cada visita al veterinario cuesta casi lo que nos cuesta a los seres humanos ir a lo del médico, lo cual hace razonable el afiliarse a una obra social para mascotas. Además, a los perros hay que ponerles las vacunas reglamentarias y, eventualmente, hacerlos castrar.
Los perros nos dan calor y compañía en los momentos de soledad, nos divierten con sus travesuras, nos obligan a salir a caminar, nos levantan la moral con su fidelidad y amistad, nos defienden de los agresores, nos parten el corazón cuando se extravían o se mueren.
Últimamente se están imponiendo los cementerios para perros (y otras mascotas). ¿Qué hacer si no con el animal muerto? No todos disponen de un patio o un jardín en sus casas para enterrarlos cerca. (Cuando se murió Pinky, la única perra que tuvieron mis padres cuando mi hermana y yo éramos niños, la enterramos en el patio trasero, al pie de un sauce que con los años terminó volviéndose enorme.)
Otro de los negocios que prosperan es el de las peluquerías caninas. Quien más, quien menos, todos llevan a sus perros cada tanto a que un “coiffeur” los espulgue, los bañe bien y les corte los pelos lanudos antes de la llegada de los calores.
Acá en Grecia hay un montón de perros callejeros. No son perros agresivos ni andan del todo descuidados. Es más, creo que con las nuevas leyes todos están vacunados e identificados, y hay grupos de voluntarios que les dan comida. (En realidad, hay muchos más gatos que perros callejeros, pero de ellos me ocuparé en otra oportunidad.)
Claro que con frecuencia me pregunto si la vida que le ofrecemos a los perros es satisfactoria para ellos. Es cierto que no deben preocuparse por la comida y el agua, que tienen techo y remedios, que pueden quedarse durmiendo cuando sus dueños deben salir a ganarse el pan… ¿Pero es vida pasarse encerrado todo el día en un departamento, con la excepción de una salida matutina y otra vespertina para hacer las necesidades y estirar las cuatro patas? ¿Es justo que nuestros perros no puedan vagabundear a sus anchas, tener aventuras con otros perros, buscar su propia comida, esconder los huesos robados, pelearse con el vecino y dar rienda suelta a su sexualidad cuando se ponen en celo?
Quiero concluir recordando un poema del poeta chileno Carlos Pezoa Véliz, muerto en 1908, cuando todavía no había cumplido los treinta años. En estos versos el autor describía muy plásticamente la vida miserable que les tocaba llevar a los perros callejeros de entonces.
Flaco, lanudo y sucio. Con febriles
ansias roe y escarba la basura;
a pesar de sus años juveniles,
despide cierto olor a sepultura.
Cruza siguiendo interminables viajes
los paseos, las plazas y las ferias;
cruza como una sombra los parajes,
recitando un poema de miserias.
Es una larga historia de perezas,
días sin pan y noches sin guarida.
Hay aglomeraciones de tristezas
en sus ojos vidriosos y sin vida.
Y otra visión al pobre no se ofrece
que la que suelen ver sus ojos zarcos;
la estrella compasiva que aparece
en la luz miserable de los charcos.
Cuando a roer mendrugos corrompidos
asoma su miseria, por las casas,
escapa con sus lúgubres aullidos
entre una doble fila de amenazas.
Allá va. Lleva encima algo de abyecto.
Le persigue de insectos un enjambre,
y va su pobre y repugnante aspecto
cantando triste la canción del hambre.
Es frase de dolor. Es una queja
lanzada ha tiempo, pero ya perdida;
es un día de otoño que se aleja
entre la primavera de la vida.
Lleva en su mal la pesadez del plomo.
Nunca la caridad le fue propicia;
no ha sentido jamás sobre su lomo
la suave sensación de una caricia.
Mustio y cansado, sin saber su anhelo,
suele cortar el impensado viaje
y huir despavorido cuando al suelo
caen las hojas secas del ramaje.
Cerca de los lugares donde hay fiestas
suele robar un hueso a otros lebreles,
y gruñir sordamente una protesta
cuando pasa un bulldog con cascabeles.
En las calles que cruza a paso lento,
buscan sus ojos sin fulgor ni brillo
el rastro de un mendigo macilento
a quien piensa servir de lazarillo.