Días pasados el filósofo italiano Maurizio Mori comparaba la muerte asistida con la reproducción asistida, esto es, la ayuda médica a morir con la ayuda, también médica, a procrear.
El punto que señalaba Mori es sumamente interesante: así como en las últimas décadas se ha medicalizado la reproducción humana, del mismo modo se ha medicalizado el fin de nuestras existencias individuales. En el pasado, la fecundación, la gestación y el nacimiento de un niño ocurrían muchas veces “solos”, sin la asistencia de ningún médico y lejos de las instituciones sanitarias; también así se daba la muerte, como resultado de un acontecimiento por entonces imprevisto e imprevisible: un accidente, una guerra, una catástrofe, una enfermedad o la simple vejez.
Por supuesto, Mori no quería exagerar: incluso en nuestros días hay mujeres que conciben, que gestan y que paren sin asistencia de la medicina (por ejemplo, en las regiones más pobres de este mundo) o que lo hacen sin consultar mucho al médico (porque se trata, por ejemplo, de mujeres jóvenes y sanas que no tienen mayores dificultades ni mayores temores).
De todos modos, la realidad de nuestras sociedades occidentales u occidentalizadas es otra. Es muy raro entre nosotros que una mujer no vaya al médico antes de concebir, que no vaya a realizarse los estudios y los seguimientos que se han vuelto “de rutina” durante el embarazo y que no tenga a su hijo en un hospital. Aquí está claro que la reproducción se ha medicalizado y que en el futuro (y no hablemos del futuro lejano, sino de los próximos años) esa medicalización será mucho mayor.
Mori no decía que todas las personas de nuestra sociedad o, mejor, de nuestro entorno social acepten de buen grado la medicalización de su actividad reproductiva. Algunos se oponen a la fecundación in vitro por motivos religiosos, otros rechazan el parto hospitalario con considerarlo antinatural, etc. Pero lo cierto es que más allá de esas voces de disenso y del peso que puedan tener las razones alegadas, la asistencia a la reproducción es un hecho inequívoco.
El puente que quería tender Mori iba de esta práctica manifiesta a aquella otra práctica más solapada: la de la muerte asistida. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el hecho de que necesitamos ayuda para morir (entiéndase: para morir bien y, sobre todo, para morir cuando cada uno de nosotros lo decida), mientras aceptamos mucho más fácilmente la ayuda para procrear?
Por supuesto, una respuesta obvia es que asociamos la reproducción con algo bueno y deseable (la vida), mientras que la idea de la muerte nos provoca casi indefectiblemente angustia y ansiedad, por más que sepamos que Fulano o Mengano ha muerto tranquilamente, sin dolores y, sobre todo, después de haber tenido una vida larga y fructífera.
En síntesis, creo que la comparación que Mori trajo a colación merece toda nuestra atención. Por más que nos cueste aceptarlo, la muerte hoy difícilmente viene sola. Morir está volviendo cada vez más el resultado de una o muchas decisiones, casi siempre conscientes. La “muerte natural” es una especie en extinción en nuestro mundo. Debemos dejar de hacer como el avestruz, que esconde la cabeza en la arena para no ver la realidad.