En ética se utiliza con frecuencia la expresión “tal cosa tiene valor instrumental”. Incluso no es raro que en la frase aparezca también el adverbio solamente (“tal cosa tiene solamente valor instrumental”), con el fin de contraponer el objeto en cuestión a otros objetos o seres que tendrían “algo más que valor meramente instrumental”, o sea, “valor intrínseco”.
Pero ¿qué significa tener valor instrumental? Veámoslo con un ejemplo.
Supongamos que un montañista tiene que pasar la noche en el claro de un bosque. Para calentarse, decide hacer una fogata con unas ramas que encuentra en los alrededores.
Lo que tiene valor en sí mismo o, como decíamos más arriba, valor intrínseco es el calor en tanto protege al montañista del frío (aparte de otros beneficios del fuego, como la luz que también brinda).
Las ramas empleadas por el montañista tienen simplemente valor instrumental, es decir, son el medio gracias al cual el sujeto obtiene el beneficio que buscaba (calor, luz, etc.).
Me parece importante señalar que el valor instrumental no es una suerte de entelequia que posean las ramas en su interior.
Si esa noche hubiese hecho calor y la claridad de la luna hubiese bastado, entonces el montañista no habría decidido encender la fogata.
En sí mismas, las ramas solo poseen una propiedad, la combustibilidad, y eso las hace “candidatas” a “objetos con valor instrumental”.
Para los animales del bosque, que no dominan el fuego, las ramas no tienen ningún valor. En todo caso, si las ramas adquieren valor instrumental, es por otras propiedades de la madera, no por su combustibilidad. Por ejemplo, para un castor pueden ser los bloques que le ayuden a contener el agua de un arroyo cercano.
Así, el valor instrumental que adquieran las ramas para el castor estará dado por otras propiedades, como la dureza, liviandad y maleabilidad de la madera.
La conclusión que me interesa sacar de todo esto es que los objetos no tienen valor. Fíjense que subrayo el verbo tienen. Insisto: no es que el valor sea una especie de entelequia escondida en el interior de las cosas, algo que estas poseerían. Todo lo que se puede decir es que las cosas tienen ciertas propiedades (combustibilidad, dureza, etc.), y eso las convierte, en determinados casos, en buenos medios –instrumentos– para los fines que persiguen los montañistas o los castores.
Lo que llamamos valor instrumental es algo que nuestra mente proyecta a ciertos objetos si nos son útiles para determinados fines o mientras nos sean útiles.
Creo que lo de “mientras nos sean útiles” no requiere de mayores explicaciones. Las heveas, por ejemplo, eran árboles muy codiciados hace más de un siglo, porque de allí se podía extraer el caucho (los historiadores hablan incluso de la “fiebre del caucho”). Cuando se volvió posible obtener caucho sintéticamente gracias al desarrollo industrial, esas plantas dejaron de tener el enorme valor instrumental que se les asignaba.