A pesar de que ya estamos en primavera, el tiempo sigue estando frío en Grecia. Es como si el invierno no se quisiera despedir. Y hay que decir que esta vuelta tuvimos lo que se llama invierno: semanas enteras de días plomizos, húmedos, con temperaturas que muchas veces no superaban los diez grados a mediodía. (Recuerdo años de inviernos prácticamente inexistentes, como si un otoño prolongado se continuase sin más en una primavera iniciada prematuramente.)
Inviernos como los de este año nos hacen olvidar con demasiada facilidad un dato irrefutable y alarmante: la temperatura media del planeta Tierra sigue aumentando. Esta vez, a recordármelo fue una charla del profesor Harald Lesch, docente de Física en la Universidad de Múnich.
El punto es justamente ese: la crisis climática que actualmente estamos viviendo genera inestabilidad y alteración de los ciclos a los que estábamos acostumbrados. A una seguidilla de años inusitadamente calurosos puede venir un invierno extrañamente frío como este.
Algunos líderes políticos irresponsables –y últimamente hay muchos– pueden tener la osadía de decir que los fríos extremos de estos primeros meses de 2026 son la prueba de que no hay cambio climático, de que es todo un verso. ¡Pobres diablos! O, mejor, ¡pobres diablos nosotros, que estamos en las manos de semejantes desfachatados!
La lección que hay que aprender, como aclara Lesch, es doble. Crisis climática significa, primero, que la temperatura media del planeta viene aumentando y que va a seguir haciéndolo; de hecho, actualmente es de 1,63 grado centígrado sobre la temperatura promedio que había hasta el inicio de la Revolución Industrial. Segundo, que los fenómenos climáticos extremos van a ser cada vez más la regla –períodos de frío intenso seguidos de abundantes períodos de calor tórrido, vientos huracanados seguidos de días sin siquiera una leve brisa vespertina, lluvias torrenciales seguidas de fases de sequía–.
Todo esto ocurre mientras, no muy lejos de Grecia, se libran dos guerras, la de Ucrania y la de Medio Oriente, en las que el petróleo y el gas desempeñan un papel preponderante. Seguimos consumiendo combustibles fósiles como si la comunidad científica, que unánimemente nos exhorta a tomar muy en serio el problema de la emisión de dióxido de carbono y gases con efectos similares, se compusiese de un par de lunáticos.
Grecia ha hecho bastante hasta ahora en lo que respecta a la transición climática: una buena parte de la energía proviene de fuentes renovables. Sin embargo, no ha hecho todo lo que debería; es más, al mismo tiempo que promueve la instalación de parques eólicos y de paneles solares, el país propicia la extracción, la importación y el uso de petróleo y gas. Una de cal y una de arena. Así no vamos a salir más.
Y pensar que Grecia es un país menor, sin demasiado peso a nivel global. Los principales países del mundo en lo que respecta a emisiones de gases de efecto invernadero, EE. UU., China, India, etc., siguen produciendo, importando y consumiendo hidrocarburos como si nada fuese.
Por supuesto, deseo vivamente que terminen las dos guerras que mencionaba más arriba (y que terminen también todas las otras, de las que apenas nos interesamos, como la de Sudán). Ojalá vuelva la paz a Ucrania y a todo el Medio Oriente. Ojalá que todas esas sociedades inicien o continúen, según el caso, el proceso de democratización. Ojalá también que se reabran todas rutas marítimas, terrestres y aéreas que en el presente están cerradas… ¡pero que no sea para seguir transportando por ellas petróleo, gas y sus derivados!