Los parques eólicos, pros y contras

Hace unos días llegué a la isla de Esciros (Σκύρος) y por todos lados veo afiches y pancartas manifestando la oposición de los isleños al proyecto de crear un inmenso parque eólico en la parte sur. (El sur de la isla, a diferencia del norte, es árido y mayormente despoblado.) Las imágenes utilizadas en la campaña muestran una isla afeada y estropeada por una infinidad de aerogeneradores; la conclusión es fácil de extraer: “¡Evitemos un futuro semejante!”.

A primera vista, la oposición de los ciudadanos de la isla, muchos de ellos organizados en asociaciones civiles y políticas, parece de lo más razonable: se oponen a que un proyecto venido de fuera o, mejor, de arriba (del gobierno central y del regional) les arruine la estética y la imagen de la isla, máxime cuando la isla vive del turismo. (Tiene otras fuentes de ingresos, pero el turismo es una de las principales.)

Sin embargo, tras darle varias vueltas al asunto, encuentro varias cosas que no me cuadran de este reclamo. Por lo pronto, tengo la sospecha de que la oposición al parque eólico esté motivada en intereses sectoriales bien camuflados. ¿No será, me pregunto, que los trabajadores y los directivos de la actual empresa de energía eléctrica teman perder sus privilegios, incluso sus puestos de trabajo, de “diversificarse” la oferta eléctrica?

No quiero que se me malentienda. No digo que no sea importante atender al reclamo de aquellos trabajadores y directivos que estén preocupados, sea porque teman por sus puestos de trabajo o porque, en general, se sientan inseguros respecto a qué les deparará el futuro laboral, aún cuando vayan a conservar el puesto de trabajo. Lo que digo es que si este es el problema de fondo, entonces camuflarlo apelando a la estética o a la imagen de la isla es, por lo pronto, un procedimiento fraudulento.

Pero supongamos que el que esté equivocado sea yo. Supongamos que las autoridades centrales y regionales ya previeron este problema y que les aseguraron a los empleados de la isla de todos los niveles jerárquicos que ninguno va a perder el empleo ni que se les va a rebajar el salario. Supongamos, además, que la oposición al parque eólico es sincera y es compartida por la mayoría de los vecinos, estén o no vinculados al turismo. ¿Cuál sería mi posición en este caso?

Antes quisiera aclarar que la mayor parte de la energía eléctrica que se consume en la isla proviene de un central que utiliza la combustión de carbón, una de las maneras más comunes en Europa en las últimas décadas para generar energía. La central de Esciros es relativamente pequeña y está ubicada no muy lejos del puerto, en un sitio bastante escondido, con lo cual la contaminación visual y auditiva que produce pasa casi desapercibida. Por otro lado, como la isla está expuesta a vientos que soplan de todos los costados, el humo desechado por la central se dispersa con gran facilidad. (No he escuchado, por ejemplo, que haya casos de intoxicación entre los isleños.)

El problema aquí es el mismo que se plantea en tantas otras partes del globo. En los últimos años, el nivel de consumo de electricidad por habitante no descendió, antes bien creció. Adicionalmente, urge reducir la cantidad de emisiones de dióxido de carbono que se liberan a la atmósfera, tal como se estableció en el Acuerdo de París (y en tantos otros convenios anteriormente).

La energía eólica, generada gracias a los molinos, constituye una de las principales respuestas al desafío del recalentamiento global del planeta. Los aerogeneradores son una fuente segura, no contaminante y renovable de energía. El problema es que para reemplazar lo producido por las fuentes tradicionales (por la central de carbón local) se necesitan muchos aerogeneradores, que para colmo deben estar bien expuestos al viento y, por lo tanto, a la vista humana.

Imaginemos, después de todas estas aclaraciones, a un representante de los vecinos reunidos en oposición al parque eólico. Este vecino podría argumentar de la siguiente manera: “No es que nos opongamos a la energía limpia; también nosotros queremos un futuro en el planeta Tierra para nuestros hijos y nuestros nietos. Lo que no queremos en que no se nos llene la isla de molinos eólicos. Estamos orgullosos de vivir en una isla tan bella y agreste como esta. Si triunfa el proyecto del gobierno central, nuestra isla va a dejar de ser la que siempre ha sido. Su belleza va a perderse para siempre. De día va a ser imposible no divisar decenas y decenas de inmensos molinos desperdigados por todo el sur de la isla. Igualmente, de noche vamos a tener el espectáculo de mal gusto de cientos de luces rojas tintineando en las puntas de los molinos, para alertar de su presencia a eventuales pilotos de helicópteros y avionetas.”

Propongo llamar a esta posición apenas bosquejada el “argumento basado en la estética”. Independientemente del diseño del molino eólico (actualmente, son mucho más atractivos que veinte años atrás, cuando eran verdaderos mamotretos), lo cierto es que, plantificados en abundancia, quilómetros tras quilómetros, arruinan cualquier paisaje. Creo que muy pocas personas estarían dispuestas a negar el impacto estético de los aerogeneradores. Por lo tanto, existe al menos una razón de peso para oponerse a la creación de un parque eólico.

Pero, ¿es suficiente esta razón para oponerse a la energía eólica? Creo que no y voy a dar cuenta de mi postura en las próximas líneas.

Lo primero que se puede rebatir al argumento de la estética es el consabido dicho, de gustibus non disputandum est. Sin duda que a algunos, incluso que a muchos les resultará antiestético un parque eólico, pero seguramente ese no será el caso de todos. En particular, para un sector de la población puede ser una cuestión estéticamente indiferente. Hay gente a la que no le molesta la visión de los aerogeneradores. Y, ¿por qué no?, habrá ciudadanos con un gusto futurista muy marcado que incluso disfruten de los parques eólicos. “Hay gusto para todos”, como suele decirse. ¿Por qué no aceptar que hay también una estética de la tecnología y la industria? Ya Filippo Tommaso Marinetti en su manuscrito futurista decía preferir una máquina moderna a incluso la más bella escultura antigua. ¿Qué nos impide hallar goce estético en un parque eólico bien montado?

El segundo contraargumento es el del acostumbramiento. Uno puede al principio rechazar la visión de un parque eólico, pero con los meses y los años esa visión puede perder la carga negativa del comienzo. Sinceramente, cada vez que me subo a un mirador en una ciudad, no importa cuál fuese, no puedo dejar de pensar qué feas son las redes viales y qué feo es el parque automotor. Imaginemos una ciudad cualquiera sin autos y, en lo posible, sin calles, o, al menos, sin todo aquello que ayuda a la visibilidad y facilita el desplazamiento en una calle: el alumbrado, los semáforos, las rayas, los carteles, etc. Así, la ciudad gana de golpe en calidad y en belleza. Y sin embargo, nos hemos acostumbrados a convivir con vehículos de todo tipo y con vías especialmente preparadas para la circulación de esos vehículos. ¿No podremos hacer lo mismo con los parques eólicos? ¿Cuál es el problema?

En el capítulo VIII del Quijote el caballero andante arremete contra unos molinos de viento en medio del campo castellano. Don Quijote, fuera de sus cabales como está, cree que eso que tiene por delante no son simples molinos de vientos, enormes máquinas destinadas a la monótona tarea de moler el trigo, sino que son temibles gigantes a los que un valiente como él debe derrotar. Esta historia, una de las más ocurrentes y conocidas del libro de Cervantes, ha sido interpretada de las más diversas maneras. Sin quitarle un ápice del valor literario que tiene, lo cierto es que muchos críticos han señalado el hecho de que a inicios del 1600, cuando Cervantes creaba su historia, los molinos de viento eran una novedad en España. De hecho, eran invenciones traídas de Holanda e introducidas en Castilla debido a su utilidad. De este modo, era lo más natural del mundo que una persona que casi no había salido de su aldea como el bueno de Alonso Quijano llegara a confundir tamaña invención con algo temible. ¡No es curioso que hoy nos resulte descabellado imaginar el paisaje castellano sin sus “característicos” molinos de viento! ¿No nos será de acá a un siglo o dos la cosa más natural del mundo asociar el paisaje de una isla del Egeo con sus útiles molinos eólicos?

Hoy, cada vez que veo una carreta en una ciudad pequeña o en un pueblo, no puedo dejarla pasar sin sacarle una fotografía. ¡Qué cosa más romántica parecen las carretas! Y, sin embargo, ¿no será que hace cien años atrás había gente que despotricaba contra las carretas y se oponían a su difusión por antiestéticas?

Soy consciente de que hasta ahora me he estado moviendo en un terreno de conjeturas bastante subjetivas. Por eso quiero pasar al tercer contraargumento, que considero el de mayor peso. Este argumento puede esbozarse del siguiente modo. Aun si concordamos en que los molinos eólicos son fundamentalmente antiestéticos y en que nunca terminaremos por acostumbrarnos a semejante atrocidad, lo cierto es que la estética no puede ser nunca la única razón a considerar. Cuando tomamos una decisión que implica el futuro de la sociedad en su conjunto, las razones estéticas tienen sin duda un valor, pero ese valor debe ser sopesado con las demás razones disponibles. En concreto, ¿no es mejor vivir en una isla que ha reducido a un mínimo sus emisiones de dióxido de carbono y su dependencia de las energías fósiles, aun cuando para ello haya debido “pagar el precio” construir un gran parque eólico en su parte sur? ¿No es mejor sacrificar (en parte) la estética de la isla, cuando con ello puede conseguirse un objetivo tan loable como el de reducir las emisiones creadas por la generación de energía? Personalmente, veo que aquí está la clave.

Además, el secreto está en cómo se miren las cosas. ¿Acaso no sería una óptima manera de promocionar la isla el poder asegurar que es una isla “verde”, una isla en la que toda la energía eléctrica que se utiliza ha sido producida de fuentes limpias y renovables? Supongo que si Esciros se vuelve pionera en esta materia, podría atraer a muchos turistas “con conciencia ecológica”.

Mi conclusión es que el rechazo a los aerogeneradores –que, al fin y al cabo, implica un rechazo a la energía eólica– no puede ser justificado éticamente en casos como los de Esciros. De este modo, si una comunidad insiste y se planta en su oposición, entonces debe ser consciente de que debe hacerse cargo de ciertas consecuencias.

En concreto, mi propuesta es que en todos los casos en que una comunidad por motivos estéticos se oponga a los parques eólicos y siga produciendo energía de manera tradicional, pague un precio mucho mayor por la energía que consume. Supongamos que tras realizar un estudio correspondiente, concluimos que el quilovatio debe costar el doble de lo que cuesta actualmente. Ese recargo tendrá dos efectos. Por un lado, tendrá un efecto disuasivo, que llevará a que la gente ahorre más energía. Por otro lado, tendrá un efecto compensatorio, porque el dinero extra obtenido del sobreprecio deberá destinarse íntegramente a “corregir” el mal medioambiental causado; ese dinero, por ejemplo, ha de destinarse a financiar proyectos alternativos que redunden en una reducción de las emisiones por otros medios, como la forestación.

En síntesis, estoy en parte de acuerdo con quienes sostienen que los parques eólicos disminuyen la belleza de ciertos paisajes y trastocan la imagen de determinadas regiones. Pero si debiéramos oponernos a todas aquellas cosas que atentan contra la belleza y la imagen de un lugar, tendríamos que eliminar una larga lista de cosas que nos trajo la “modernidad”. Pero como en general no estamos dispuestos a ir tan lejos, debemos ser consecuentes en nuestras decisiones. Los parques eólicos son un mal menor respecto a, por ejemplo, la amenaza del cambio climático.

Por otro lado, es probable que a medida que sigan desarrollándose las tecnologías relacionadas con la producción de energía limpia, encontremos manera de reemplazar los aerogeneradores actuales por otros más atractivos, más pequeños, etc., cuando no de reemplazarlos totalmente por, por ejemplo, paneles solares de última generación. A diferencia de otras fuentes de energía (piénsese en el impacto que supone crear una represa de agua o montar una central nuclear), la energía eólica es limpia y puede ser reemplazada totalmente de manera relativamente simple.

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Sara Mesa, Cara de pan

Cuando los otros días nos reunimos a tomar un café, Edu arrastraba una pila de libros; encima de todos estaba Cara de pan, una novelita de Sara Mesa. Me preguntó, “¿querés llevarla?”. Dudé un momento y le respondí con otra pregunta, “¿está buena?”. Edu entornó los ojos, tomó aire como si quisiera lograr una visión de conjunto de la lectura recientemente hecha y, al cabo de unos segundos, me dijo sin énfasis aunque sin titubeos: “Sí, llevátela”.
Efectivamente, la novelita está bien escrita; tiene la dosis justa de suspense como para leerla de un tirón en una tarde libre (y no arrepentirse luego del tiempo empleado de ese modo).
Hay algunos desaciertos, todos ellos perdonables, incluido el del título.
En el fondo, es la historia de una amistad. Dos personas muy distintas entre sí necesitan desesperadamente un amigo, y dan con él, al encontrarse de casualidad.
Pero las diferencias de sexo y de edad entre ambos protagonistas generan la primera dificultad: él es un viejo y ella una adolescente. Para colmo, estas diferencias se ven agravadas por las circunstancias. Él es un solterón desocupado con algunas taras; ella, una niña-joven insegura, acomplejada tras haber sido repetidamente víctima de “bullying”.
Cuando ambos están solos, alejados de los prejuicios y las presiones sociales, pueden ser los seres más racionales del mundo. Pero los preconceptos y la dinámica de la sociedad de los “normales” terminan arrastrándolos a un círculo vicioso del estilo: estigmatización por parte de los “normales”; internalización de la condena; comportamiento conforme a la imagen internalizada; ratificación e intensificación de la condena por parte de los “normales”, y así sucesivamente.
Porque ambos, en su intimidad son puros y, para lo que les interesa, son aplicadísimos.
La novela de Mesa se compone de dos partes, una larga primera parte (“En el parque”) y otra más breve (“En la cafetería”), que hace las veces de un extenso epílogo.
En resumidas cuentas, la historia es esta. La adolescente, inhibida por los comentarios hirientes de sus compañeras, desencantada de la educación formal, con un cuerpo que cambia sin saber bien cómo ni hacia dónde y, para colmo, con padres incapaces de darle la contención afectiva necesaria, decide de buenas a primeras abandonar la escuela. Así, cada mañana en vez de ir al instituto, se dirige a un refugio que ha encontrado en un parque de por ahí.
Una mañana aparece en ese lugar secreto un viejo. Al lector aquí se le paran las antenitas: atención, otra historia de viejo verde que abusa a menor ingenuo. Pero no es así, y hay que resaltar como algo positivo en que Mesa haya tenido in mente un destino más interesante para sus personajes. Porque pronto nos enteramos de que el viejo en el pasado fue víctima de un abuso, o de muchos abusos, y su libido parece haberse extinguido. El viejo ha sabido encontrar una manera de tolerar la dura realidad que le tocó vivir entregándose a sus hobby, la ornitología y la música.
Para la adolescente, esta inesperada amistad, que va abriéndose paso a paso a medida que caen las barreras de la desconfianza, es como un bálsamo, como una tabla que la salva de un posible naufragio. Es más, esa amistad se convierte para ella en un verdadero catalizador: ahora empieza a darles cabida a sus primeras fantasías sexuales.
Pero es justamente acá donde el diablo mete la cola, porque resulta que la adolescente va a ir plasmando esas fantasías en un diario íntimo. Y ese diario se volverá un testimonio, una prueba, un arma, cuando el viejo y la adolescente sean expulsados del edén en que se encuentran.
¡Ay de aquellos que ciegamente creen que todo lo que uno vierte en las páginas de un diario íntimo son reflejos fieles de la realidad vivida!
El factor desencadenante de la tragedia es claro: las mentiras tienen patas cortas, es decir, ningún adolescente puede engañar indefinidamente a sus padres. Así, un día papá y mamá terminan por saberlo todo.
Si tú, querido lector, te desayunaras un día de estos con que tu hija o tu hijo hace meses que no va a la escuela, que se pasa todas esas horas en el “refugio” de un parque y en compañía de un viejo desconocido sin familia ni trabajo, ¿cómo reaccionarías? ¿No es cierto que toda tu corteza progresista se descascaría en unos segundos para que salieran a la luz las fibras del duro leño de las disposiciones ancestrales?
Dejo aquí el racconto para que los interesados vayan a leer el libro. Solo anticipo que el final es muy humano y que si bien no evita todos los lugares comunes del caso, sí lo hace con la mayoría.
Una última aclaración: dije que el tema principal de Cara de pan es la amistad; también habría podido decir, desde otra óptica, que es el lenguaje. Cada sujeto y cada grupo social desarrollan su propio lenguaje, lenguaje que luego les resulta incomprensible o ajeno a los otros, a los supuestos interlocutores. Por ejemplo, los psicopedagogos tienen un lenguaje pomposo y sofisticado para describir y explicar el comportamiento de los alumnos problemáticos; pero ese lenguaje es abstruso para quienes debieran ser sus destinatarios, los padres y sobre todo los alumnos mismos. Así, en el mundo de Cara de pan abundan los lenguajes especializados de los distintos grupos sociales… ¡y falta la comunicación!

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Imágenes de Grecia

Era como si nevara, en pleno verano, pero eran las flores de los árboles
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«Desembarazarse de Crisantemo», de Gonzalo Suárez

He aquí un cuento breve, lleno de humor, picardía y crítica social. El narrador, que se las da de comerciante listo y exitoso, es engañado por un joven pícaro, Emilio Crisantemo. Este, al inicio, le propone un trato: hacerse socios y «vender» libros a personas recientemente fallecidas, porque ¿qué pariente en duelo no querrá abonar rápidamente el importe del extraño paquete recibido a nombre del fallecido? Así comienzan y, en verdad, les va muy bien, pero el narrador no soporta más al nuevo socio, que en realidad lo explota. Busca deshacerse de él, recurriendo finalmente a la magia. Por eso se propone convertirlo en una jirafa… Y, supuestamente, un día logra su cometido: es el día en que, tras haber dejado una carta y alegando los primeros signos de la metamorfosis, Crisantemo huye a un «zoológico del extranjero», pero ¡llevándose la caja con todos los ahorros del comerciante!

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Unas palabras acerca de «Recuerdo de un día de campo», de García Hortelano

Estoy leyendo la antología preparada por José María Merino, Cien años de cuentos. ¡Delicioso recorrido por el relato español del siglo XX! Ya voy por la mitad del grueso volumen y recién hoy me topé con el primer cuento noir. Es la historia de Juan García Hortelano titulada «Recuerdo de un día de campo».

En pocas palabras, se trata del encuentro fortuito de una prostituta que está buscando cliente y un policía vestido de civil, una tarde cualquiera. El hombre, inmóvil y tenso contra una pared, está en medio de una operación arriesgada e importante, cazar algún pez gordo, suponemos.

La situación en la que se encuentran los dos personajes es totalmente distinta. Ella, aparentemente una mujer charlatana y despreocupada, quiere «engancharlo», mientras que él, lacónico y atento al éxito de la operación, no encuentra manera de ahuyentar el «estorbo». Esta escena podría ser cómica, y de hecho hay algo gracioso en lo inoportuno de la aparición de la prostituta, pero el final es sórdido.

La historia tiene lugar en una España marginal, en un barrio cualquiera de una gran ciudad, en el que circulan sin temores prostitutas y mafiosos. La prostituta es, al fin, una pobre diabla, aquejada por un cáncer que en breve la postrará (este y los restantes detalles de su vida los conocemos porque no cierra el pico, mientras el policía, rígido, espera el momento de lanzarse a la acción). De él, del cana o, como se dice en España, del bofión, sabemos poco. Probablemente, su existencia sea también gris: alguien que debe cumplir tareas difíciles, peligrosas, fastidiosas, sin que todo ese sacrificio redunde luego en una mejora de su situación socio-económica.

La historia se va narrando de un modo tan tangencial y oblicuo, y son tan pocos y tan dispersos los elementos que van saliendo a la luz, que uno solo al final puede hacerse una idea cabal de qué ha sucedido: buen manejo de la técnica narrativa.

El final, ya lo dije, es sórdido, y no tal vez tanto por el escupitajo que él le raja a ella para que finalmente desaparezca, sino porque después de tanta acción la vida de ambos parece volver a su acostumbrado y sombrío curso.

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Época de coronavirus

Aquí copio el enlace de un artículo que me pareció interesante. No estoy de acuerdo con todo lo que allí se dice, y el artículo, además, ya tiene unos seis años. Pero trata cuestiones que se plantean diariamente y con intensidad, ahora que vivimos encerrados por la pandemia.

Ezekiel J. Emanuel, «Why I hope to die at 75»

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Época de coronavirus

«Coso mascarillas», ofrece una mercería de la vuelta.
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Un poema

De Elena Martín Vivaldi (claro que en el hemisferio sur abril tiene otra connotación…)
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¿Y si los Países Bajos aprueban la píldora letal?

Ayer me hicieron una entrevista en Radio Universidad de Córdoba, a raíz de una noticia que había generado mucha polémica en Argentina: en los Países Bajos estarían por aprobar la venta de una píldora letal para ancianos ya “cansados de vivir”. La noticia terminó siendo una de las tantas fake news que circulan en torno a la eutanasia en Holanda. De todos modos, vale la pena preguntarse cuál sería nuestra posición en el caso de que en un futuro no muy lejano se planteara la posibilidad de comprar pastillas letales para terminar con la propia vida. ¿Acaso deberíamos escandalizarnos ante este escenario? ¿No se espera de un intelectual que defienda la vida a capa y espada, y que entone cánticos a la belleza de vivir? ¿Pero qué es, al fin y al cabo, lo que nos irrita tanto de ese caso hipotético?

No tengo ningún prurito en afirmar, por cursi que suene, que amo la vida y que le deseo muchos y buenos años a todo el mundo. Enemigos, lo que se llama enemigos, no tengo, para desearles la muerte o el sufrimiento atroz. Pero al mismo tiempo que expreso mi amor por la vida, no puedo dejar de pensar que, desde una visión secularizada del mundo como la que tengo, la vida no es absoluta e incondicionalmente buena. La vida es buena, si cuenta con, al menos, un mínimo de calidad. Una existencia totalmente privada de calidad puede ser un infierno, literalmente.

Por esta razón soy partidario de la legalización de la eutanasia voluntaria y del suicidio médicamente asistido. Una persona que sufre una enfermedad severa e incurable, y que para colmo está expuesta a constantes dolores físicos y/o sufrimientos morales, debe poder contar con la posibilidad de ponerle fin a ese estado deplorable, si es eso lo que desea. ¿Cuál es el punto de sufrir larga e inútilmente, sin perspectivas de mejoría? Algunas personas muy religiosas podrán creer que allí se esconde una fuente de sentido último, que el dolor puede ser un instrumento de salvación. Por lo pronto, yo a eso no alcanzo a verlo, y creo que al lado mío hay una mayoría que piensa igual.

Claro que muchos podrían sostener lo siguiente: “Es correcto el recurso a la eutanasia en el caso de una enfermedad severa, incurable y cruel; es incluso correcta la solicitud de la eutanasia ante la posibilidad de terminar en una fase avanzada de demencia, cuando la enfermedad ya ha sido fehacientemente diagnosticada… ¿Pero cómo justificar la eutanasia en el caso de una persona física y mentalmente sana, solo cansada de vivir por encontrarse en un estado decrépito y por no verle más sentido a la vida?”

¡Atención!, aclaraba yo en la entrevista. Una cosa es lo que un encuestado pueda decir en la calle o por teléfono ante la pregunta intempestiva de un científico social que está realizando un estudio para el gobierno neerlandés, y otra cosa muy distinta es lo que esa persona va a decir “cuando le llega el momento”. Todo parece fácil cuando conversamos tranquilamente en una mesa de café y todo sencillo cuando imaginamos nuestro futuro paseando por las calles. Pero in medias res, las cosas se ven de otra manera. Así que no nos apuremos a rasgarnos las vestiduras por el hecho de que varios miles de holandeses hayan dicho que sí en una encuesta, que recurrirían a esa pastilla mágica para, llegado el caso, ponerle fin a una vejez aplastante e insulsa.

Pero, por otro lado, no hay peor remedio para estos males sociales que nos afligen que la hipocresía y las declaraciones de buenas intensiones. “Debemos estar más cerca de nuestros abuelos”, “debemos ocuparnos más de nuestros viejos”, debemos, debemos y debemos, que luego quedan en nada. El amor todo lo podrá, pero el amor es el más escaso de todos los recursos. Es inútil creer que vamos a solucionar nuestros problemas con más dedicación, con más entrega, con más cariño.

El tema para mí es el siguiente. Como sociedad, hacemos de todo por vivir más años y mejor, y está bien que así sea. En todas las sociedades occidentales se constata una tendencia lenta pero irrefrenable hacia el aumento de la expectativa de vida. Sin entrar en precisiones, esa esperanza de vida ya está hoy en los Países Bajos en los 82 años, y en Argentina en los 78. Es muy probable que en las próximas dos décadas se constate un incremento de al menos un año en ambos casos.

Eso significa que ya tenemos un grupo de la población no en la “tercera edad”, sino en la “cuarta edad”, y que ese contingente va a seguir creciendo. Hoy en día una persona en la tercera edad puede vivir muy satisfactoriamente. El caso típico: recién jubilado, tras una vida de trabajo y ahorros, llegó el momento tan esperado de hacer lo postergado durante tantos años, viajes, hobbies, nietos, amigos, comunidad. Y así pasan los años. ¿Cuántos?, imposible decirlo. ¿Diez, quince, veinte, o sea, de los 65 a los 85? Tal vez.

Pero en un momento llega eso: la enfermedad incurable o los primeros e inconfundibles síntomas de la demencia o, simplemente, la vejez, con todo su peso. Ya no es posible viajar, ni dedicarse a los hobbies; los nietos crecieron y se fueron, los amigos están igual o peor… ¿Y qué hacer ahora? Es en este punto en el que vuelve a plantearse, y con fuerza inusitada, el tema de la calidad de vida. Qué pasa cuando el inevitable proceso de envejecimiento va incluso mellando día a día el cimiento de las pocas cosas que aún proveen satisfacción, un paseo por el parque de al lado, un plato de espaguetis, el sueño nocturno, y ello porque los mismos huesos ya no le dejan moverse a uno, y porque la misma comida le cae indefectiblemente mal por más liviana que sea, y porque incluso conciliar el sueño se vuelve una empresa angustiosa…

¿Quién no recuerda esos versos del Eclesiastés?: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo / su tiempo el nacer, / y su tiempo el morir.” Es así, la buena muerte es la muerte oportuna, la que no llega demasiado antes de tiempo pero la que tampoco se retrasa cuando el ciclo vital ya ha concluido. ¿Qué sentido tiene rebelarse contra la temporalidad de nuestra existencia?

Hay un tiempo para morir… Si como sociedad hacemos todo lo posible por agregar años a la vida de las personas, y luego también como sociedad nos desentendemos de las personas de la cuarta edad, entonces a ¿qué ese esfuerzo? ¿A qué las conquistas médicas cuando hemos perdido el norte?

Esto lo aclaro, porque ahora paso al punto en mí opinión más importante. Lo central no es entender que “el viejo”, esto es, que las personas de la cuarta edad, ya no encuentren placer o gratificación en nada de lo que hacen, o solo mínimamente, y que así los pesares sobrepasen holgadamente a las alegrías, incluso a las cotidianas… lo capital es que están viviendo una vida despojada de sentido.

La vida tiene sentido cuando nos fijamos objetivos a cumplir, cuando tenemos metas por realizar. Una vida con sentido es cuando abrimos los ojos por la mañana y sabemos que el día que tenemos por delante es una etapa, pequeña pero importante, del proyecto de vida que nos hemos trazado y que deseamos ejecutar. Queremos llegar a algo, y eso da sentido a la vida en su totalidad y a cada uno de nuestros días. Habrá días gratos y habrá días penosos durante el transcurso de la existencia, pero incluso ese dolor, por mucho que sea, tendrá sentido si lo vemos como parte del proyecto global que nos hemos fijado.

Repito una idea que ya dije al pasar: claro que desde una perspectiva profundamente religiosa, lo que estoy proponiendo podrá sonar descabellado. Para el que cree en un plan divino y se ve él mismo como parte de ese plan, la vida puede adquirir una significación completamente distinta. Lo admito, pero acto seguido agrego que yo, simplemente, no puedo verlo así. Y creo que millones y millones de personas en nuestras sociedades secularizadas tampoco lo ven tan así.

Yo, que este año cumplo 45, ¿seguiré viendo las cosas de la misma manera cuando tenga 90, si es que llego a esa edad? No tengo empacho en confesar que no sé, que no sé si voy a seguir teniendo la misma opinión. Dudo de todos, y hasta de mí mismo, y no puedo afirmar haber llegado a verdades evidentes. Lo que sí sé es que no tengo ningún derecho a impedirle a una persona de hoy 90 años que se quite la vida si ve que ésta ya no le genera ninguna alegría, es más, si ve que esta ya se le ha vaciado de sentido. Lo digo claramente: si una persona ya ha vivido su vida y bien, si ha tenido familia y amigos, si se ha destacado en su trabajo y en sus aficiones, si ha hecho todo lo que quería y podía hacer, y ahora solo ansía que llegue la muerte, ¿quién soy yo para “obligarla a seguir viviendo”? ¿Con qué autoridad la sociedad o el Estado pueden impedir que esa persona vaya a una farmacia y compre la píldora letal?

Insisto: ojalá nadie tuviera nunca necesidad de esa píldora maravillosa, por el momento más producto de sensacionalistas que de científicos; ojalá a todos les llegara la muerte en el momento oportuno; ojalá que todos pudieran disfrutar de tanto amor, de tanta atención y de tanta entrega por parte de sus prójimos que les fuera llevadera, incluso grata, la espera de la muerte, si esta diera en rezagarse. Pero hasta que eso no se dé –y lo veo difícil–, no soy capaz de distinguir muchas alternativas más. Por eso el tema de la pastilla “van Drion”, como la han bautizado, va a volver a plantearse, en los Países Bajos y en todas las sociedades “desarrolladas”, dentro de las cuales, si bien solo en algunos aspectos, se encuentra la Argentina.

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¿Hay una filosofía argentina y latinoamericana?

A continuación copio el texto que leí ayer en la presentación del libro de P. Brickle.

Cuando cursaba la licenciatura en Filosofía, tuve una materia que se llamaba Filosofía Argentina y Latinoamericana. Como podrán imaginarse, el primer objetivo de esa materia era definir su objeto de estudio, esto es, en primer lugar, preguntarse si de hecho existía una filosofía genuinamente argentina y, eventualmente, latinoamericana, y, en segundo lugar, establecer cuál sería la especificidad de esa producción filosófica particular. Hoy, en vista del nuevo libro de Patricio Brickle, Filosofía del desembarco, vuelvo a preguntarme, ¿hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, una filosofía colombiana, etcétera, y, englobando todas esas filosofías nacionales, hay una filosofía latinoamericana? A primera vista, esta pregunta parece banal. Claro que hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, etc., mientras entendamos por ello el conjunto de las obras filosóficas que se producen, respectivamente, en Argentina, en Chile, etc.

Permítanme una comparación. Si alguien me pregunta si existe un básquet argentino o un básquet chileno, lo primero que se me va a ocurrir es responder que sí, que también nosotros jugamos al básquet, que hay clubes dedicados al básquet amateur y profesional, y que por lo tanto hay un básquet argentino, uno chileno, y así sucesivamente.

Pero si enfocamos la pregunta que nos estamos planteando con algo más de detenimiento, la respuesta no es ya evidente. Es más, la respuesta se vuelve sumamente compleja, puesto que implica responder simultáneamente a la pregunta de qué es la filosofía. Vayamos por parte.

Si alguien me pregunta si existe una matemática argentina, mi respuesta va a ser un rotundo no, porque más allá del hecho indiscutible de que hay matemáticos y de que hay producción matemática en el suelo argentino, no hay una matemática que sea específicamente argentina. Dos más dos son cuatro en las pampas bonaerenses como en el centro de Atenas. El resultado de una ecuación de segundo grado no difiere en lo más mínimo si la operación se realiza al este o al oeste de la cordillera de los Andes, en Mendoza o en Santiago de Chile. Así, en el sentido más profundo del término, sostengo que no hay una matemática argentina ni una chilena, como tampoco hay una matemática griega o una matemática alemana. Hay, simplemente, matemática.

Lo mismo que ahora digo de la matemática podría predicarlo de la lógica, esto es, de ambas “ciencias formales”. Igualmente, no sería difícil extender estas conclusiones a las ciencias naturales, como la física, la química y la biología: no hay una manera genuinamente argentina o chilena de concebir la estructura del átomo de hidrógeno o el mecanismo de la fotosíntesis de los abedules.

Ahora bien, alguno de ustedes podría objetar que la filosofía es esencialmente diferente de las ciencias formales y de las ciencias empíricas. En este sentido, una cosa sería hacer una investigación científica y otra muy distinta sería la tarea de pensar. Mientras que la primera sería universal, la segunda sería particular o, si se quiere, regional. En otras palabras, mientras que, digamos, la teoría de la relatividad se aplicaría universalmente, aquí en Ática, en el desierto de Atacama y, probablemente, en la más remota de la galaxia que conocemos, la manera de construir el objeto de la filosofía y la manera de generar respuestas diferirían radicalmente de una cultura a otra.

Para ser más concretos, esta objeción sostendría lo siguiente. “Supongamos por un momento que esté fuera de cuestión el que la ciencia opere con conceptos y con categorías de análisis universales, esto es, con conceptos y categorías que logren sustraerse a las particularidades de tal o cual cultura; sin embargo, ese no puede ser nunca el caso de la filosofía. A la hora de pensar, el filósofo recurre a ideas que están permeadas por los aspectos más íntimos de su cultura; por consiguiente, su filosofía será regional, local, particular. Las condiciones socio-históricas conforman una suerte de base sobre la que se planta el filósofo a la hora de pensar y, así, condicionan, muchas veces de manera implícita e invisible, el objeto, el procedimiento y, finalmente, el resultado de su reflexión. Es en este sentido en el que podemos hablar de una filosofía genuinamente latinoamericana, sustancialmente diferente a la filosofía europea o, dado el caso, a la filosofía africana o hindú. Y es también en este mismo sentido en el que podemos dar un paso más y, dentro del conjunto de la filosofía latinoamericana, distinguir subconjuntos más o menos independientes entre sí, llamados filosofía chilena, filosofía argentina, etc.”

Es este especio no puedo entrar en un análisis pormenorizado de esta objeción, la objeción de los partidarios del “distinctivism”, o sea, de quienes rechazan el universalismo. Simplemente, me gustaría señalar dos aspectos. En primer lugar, una de las consecuencias de la posición que se esconde tras la objeción bosquejada por el “distinctivism” es ni más ni menos que el relativismo. Si no existen categorías filosóficas universales, si todo pensamiento metafísico, ético y epistemológico está esencialmente condicionado por la cultura en la que surge, entonces todo lo que podemos afirmar es válido solamente dentro del espacio de esa cultura. Ninguna teoría filosófica que yo proponga podría tener validez más allá de la frontera de mi cultura. De esta manera, terminaríamos desembocando en una especie de solipsismo cultural. En lo que hace a las cuestiones existenciales últimas, cada uno viviría prisionero en el espacio, más o menos restringido, que le ofrece su propia cultura.

El segundo punto que quisiera señalar es el siguiente, y sospecho que allí puede encontrarse una vía de salida al encierro apenas mencionado. Si sostengo que todas las categorías filosóficas son relativas por el hecho de estar condicionadas por la cultura de la que emanan, ¿cómo voy a entender esta misma afirmación? ¿Acaso la proposición según la cual “todas las categorías filosóficas están indefectiblemente permeadas por la cultura tal o cual” no está, ella misma, afectada por esa relatividad? ¿No encierra este punto de vista una paradoja?

Este tipo de razonamiento falaz era ya conocido entre los griegos antiguos y por eso se llama “paradoja de Epiménides”. Como recordarán, Epiménides era cretense y afirmaba descaradamente que todos los cretenses siempre mentían. Ahora bien, si era válida su afirmación, debía ser al mismo tiempo falsa: si todos los cretenses siempre mentían y Epiménides era oriundo de Creta, entonces esta afirmación era mentira, y por lo tanto no siempre mentían los cretenses.

Una manera de escapar de esta situación claramente paradójica a la que nos conduce el rechazo al universalismo es la que propone actualmente la hermenéutica filosófica. Según este punto de vista, es cierto que normalmente nuestras consideraciones filosóficas están atravesadas por los condicionamientos de nuestra cultura, pero también es correcto afirmar que podemos subir un escalón más en la reflexión y, desde allí arriba, tratar de detectar y de individualizar los condicionamientos socio-históricos. De esta manera, nuestra filosofía podrá no estar totalmente libre de las particularidades culturales, pero al menos las hará explícitas, las resaltará, las tematizará. Nuestro pensar será, de este modo, un pensar limitado pero, a su vez, consciente de sus propias limitaciones.

Es justamente este abordaje que nos facilita la hermenéutica el que nos permite sentar las bases para poder salir de nuestro solipsismo cultural y, tendiendo puentes con las demás culturas, hacer posible el diálogo y el acercamiento con el otro. Así, la primera tarea de toda filosofía que se declare chilena, argentina o latinoamericana será, en mi opinión, reflexionar acerca de qué factores le imprimen esa particularidad, esa “chilenidad”, esa “argentinidad” y esa “latinoamericanidad” a la filosofía.

Cierro esta primera parte con la siguiente conclusión. Si en el siglo XXI es ingenuo pensar que la filosofía puede ser tan universal como la matemática o como cualquier otra ciencia formal o empírica, es asimismo desacertado suponer que la cultura permea de tal modo la reflexión filosófica que le impide salir de sus propios límites.

Además, no debemos perder de vista que, por más que Latinoamérica sea un ámbito cultural distinto de Europa, es al mismo tiempo la cultura que le está más cerca. El pensamiento latinoamericano es hijo del pensamiento europeo. Padre europeo, madre americana, hijo de ambos al fin. Ni en Asia ni en África la cultura europea está tan viva y presente como en Latinoamérica. Claro que hay un substrato étnico y cultural muy importante, el de los pueblos originarios que fueron avasallados aunque no exterminados totalmente, y que eso, conjuntamente con la distancia del Viejo Mundo, ha permitido que Latinoamérica tuviera una evolución cultural propia. Pero América Latina y, a fortiori, la América anglosajona son las regiones más europeas después de Europa.

Quisiera hacer ahora una reflexión mucho más pedestre, si me permiten el término. Dejemos ahora de lado las consideraciones metafilosóficas que veníamos haciendo, esto es, las consideraciones que tienen que ver con la naturaleza de la filosofía misma, y preguntémonos una vez más: ¿hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, una filosofía latinoamericana? Y ahora mi respuesta tiene otro cariz: sí, la hay, pero lo cierto es que la producción filosófica de Latinoamérica es muy modesta. Y esta pobreza contrasta marcadamente con la producción, por ejemplo, literaria. Sería imposible escribir una historia universal de la literatura que no tuviera, como uno de sus capítulos centrales, una pormenorizada discusión del aporte literario de Latinoamérica. Latinoamérica ha dado al mundo poetas, cuentistas y novelistas de talla universal. Pero, mal que me pese reconocerlo, este no es el caso en la filosofía. Salvando algunas honrosas excepciones, uno podría escribir una historia de la filosofía universal sin casi hacer mención a Latinoamérica. Y es precisamente aquí donde vuelve a surgir, aunque por otros motivos, la tentación de comparar la producción filosófica latinoamericana con la producción científica latinoamericana. No digo que no existan, sino que el producto en ambos casos es sorprendentemente exiguo, sobre todo, insisto, cuando uno lo compara con la literatura.

¿Por qué nos cuesta tanto producir mucha y, sobre todo, buena filosofía latinoamericana? ¿Qué nos falla, que nos impide, no digo estar en pie de igualdad con los Estados Unidos o con Alemania o con Gran Bretaña, pero sí al menos generar más y mejor pensamiento?

Lamentablemente, casi lo mismo que estoy afirmando de Latinoamérica podría decirlo de la Grecia actual. Grecia ha producido una rica literatura neohelénica, pero su contribución a la filosofía es absolutamente marginal. Me costaría hallar siquiera dos o tres libros que deberían formar parte del “canon occidental de la filosofía”. En los últimos doscientos años Grecia no ha incubado una obra filosófica que calificaríamos de imprescindible. Y la constatación de esta falta de una producción filosófica griega se vuelve más lacerante cuando pensamos en el inusitado protagonismo que tuvo Grecia en el desarrollo de la filosofía antigua.

No quiero que se me malinterprete. Cuando digo esto, muchas personas me responden con una lista de apellidos griegos que figuran en las cátedras de las principales universidades del mundo. Hay griegos o hijos de griegos con una descollante producción filosófica, pero allá lejos, en París, en Berlín, en Londres o en Harvard. Porque los griegos actuales son tan capaces de volverse eximios filósofos como los chilenos, los argentinos o los mexicanos. No es una cuestión de capacidad cognitiva ni mucho menos un rasgo genético. Nada de eso. El problema es otro, y no tengo ningún reparo en formularlo sin rodeos: hay unos pocos países que llamaré centrales en lo que respecta a la producción científica y filosófica, y el resto somos todos países marginales o periféricos. La ciencia y la filosofía parecen correr una suerte muy similar a la de la producción industrial de punta. Los países centrales generan ciencia, generan filosofía y generan tecnología de punta, mientras que nosotros, en la periferia, nos limitamos a importarlos y a consumirlos. Nuestra actitud es pasiva, receptiva.

Repito: el déficit de nuestra producción filosófica no ha de cifrarse en la falta de talento. Nuestros jóvenes son tan curiosos y tan capaces como los jóvenes de los países que he denominado centrales. No se trata de una cuestión de individuos, sino de instituciones. Y subrayo la palabra instituciones. Porque es la falta de buenas instituciones, en el sentido más amplio del término, lo que explica nuestras carencias filosóficas.

Las teorías filosóficas más interesantes no nacen de lo que las musas nos puedan susurrar al oído ni surgen de la inspiración que buscaban desesperadamente los románticos. Tampoco se deben totalmente a los talentos innatos de tal o cual individuo. Las obras más importantes de la filosofía surgen de individuos que están inmersos en el seno de instituciones académicas que propician el pensamiento. Es así de simple. La filosofía no se desarrolló primero en Jonia y en Elea, en Atenas, en Alejandría, en Roma y luego en Florencia, en París, en Heidelberg, en Oxford y en Yale por un hecho caprichoso, sino porque esos lugares han contado con marcos institucionales que estimulaban la generación de ideas, el debate, la discusión, la competencia. La filosofía florece solo allí donde están dadas las condiciones para su florecimiento. Y estas condiciones son materiales y sociales, las dos cosas. Sin buenas bibliotecas, por ejemplo, difícilmente pueda haber buena filosofía. Pero también es necesario generar una atmósfera que inste a crear y que promueva el análisis detallado, el intercambio generoso y la crítica respetuosa pero sincera.

Estas ideas me ha motivado la aparición del libro de Patricio. Espero que también a ustedes los mueva a pensar, y que propicie, así, un círculo virtuoso de nuevos y cada vez más numerosos desembarcos filosóficos.

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